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A vuela pluma.

Reflexiones sobre nuestros recientes cursos en Fuerteventura y La Gomera: Polos opuestos del caleidoscopio canario.

A Gara Torres, la niña e hija mayor de Juan Miguel y Patricia.

Somos peregrinos de los volcanes y las estrellas.
JJB. (Mayo 06).

La ACEC “Viera y Clavijo” aprovechando, como siempre, los periodos vacacionales, en esta ocasión, los Carnavales y Semana Santa de 2006, ha organizado dos cursos en las islas de Fuerteventura y La Gomera respectivamente.

Creemos que ha sido un acierto haber elegido dos islas tan diferentes, topográficamente hablando, para realizar estos cursos. Simbólicamente son como el haz y el envés de la realidad del archipiélago canario. Esto nos ha permitido, una vez más, ser conscientes de la variedad intrínseca que poseen estas ínsulas atlánticas.

Fuerteventura nos volvió a ofrecer su amplitud y el espacio abierto de sus llanuras. El curso anterior en esta isla, hace aproximadamente dos años, lo dedicamos a su zona norte y al islote de Lobos, del cual tenemos un imborrable recuerdo.

Esta vez hicimos incursiones a lo largo y ancho de la isla, con un especial recorrido desde Ajuí, donde estudiamos los antiguos sedimentos marinos, hasta el final del espectacular curso de la Vega de Río Palmas, donde admiráramos las extraordinarias formaciones de rocas plutónicas, gabros y sienitas, en medio de un paisaje inédito e inencontrable en el resto de las islas.

El “complejo basal” de Fuerteventura es un lugar de inexcusable visita. Han sido muchas las impresiones y los conocimientos que adquirimos en nuestra estancia en la isla majorera. De todos ellos queremos destacar algunos, como fueron las visitas al Ecomuseo de “La Alcogida” y a la Cueva del Llano y su Centro de Interpretación. El ascenso a la Montaña del Cardón, desde donde apreciamos un fantástico panorama de la Península de Jandía. En la playa de La Barca asistimos al cambio de marea, con el comienzo de la pleamar, el mar invadía y bañaba al jable, amarillo, casi blanco, con un agua cristalina, que se deslizaba por el suave declive de la plataforma insular. Daba la sensación de que el mar acariciaba la isla.

Tampoco queremos dejar de referirnos a los pueblos como Bentancuria o Pájara que parecen impolutos y aparentemente dormidos en la calma del ambiente. Son como oasis y cofres arcanos que guardan la memoria de las generaciones majoreras que han fluido y dan vida a las nuevas. Así mismo, hemos disfrutado de las noches con cielos oscuros, desde donde millares de estrellas nos devolvían nuestras miradas y tomaban posesión de nuestras mentes.

Aún brillan en nuestros corazones. Algo que desconocíamos era que Fuerteventura celebraba los Carnavales por todo lo alto. Al amparo de la lluvia, el agua de la vida, la isla aparecía cubierta de una pátina verde de hierba y en gran parte de sus llanuras las flores silvestres llenaban sus campos. No hemos visto un disfraz más hermoso.

Creemos que al llegar a este comentario, debemos evocar la antigua denominación de Fuerteventura, como “Herbania”. Posiblemente, cuando arribaron los conquistadores a la isla, la encontrarían verde y cubierta de flores silvestres, después de un invierno propicio y generoso, que transformó a la isla en un brillante jardín, como nosotros la hemos disfrutado en estos días y el espectáculo les inspiró el nombre de Herbania.

La contemplación de esta inusual Fuerteventura, nos ha traído a la mente las imágenes de una maravillosa película-documental de Walt Disney que vimos en nuestra adolescencia: “El desierto viviente” (1954). Esta película fue rodada en el Desierto de la Muerte (México) y consta de tres partes básicas: 1ª. El desierto después de largos años de sequía, 2ª. El desierto bajo una tormenta formidable de lluvia, viento y aparato eléctrico y 3ª. El desarrollo lujuriante del desierto en un despertar vital, tanto vegetal como animal, como pocas veces se ha podido contemplar.

Es una película bellísima y sería fabuloso que la repusieran, para volver a disfrutar de unas imágenes que nos hacen amar más a este planeta incomparable y aumentar nuestro respeto por la vida, allí donde se desarrolle. Nos ha parecido que Fuerteventura, a caballo entre los meses de febrero y marzo de 2006, también ha optado por el bando de la vida y la homenajea, donando lo mejor de sí misma, al cubrirse de hierba y de millares de flores, como si fueran estrellas desprendidas de un oculto jardín celestial.

Otro comentario majorero lo queremos dedicar al restaurante “Frasquita”, situado a la vera de la playa de Caleta de Fuste. Allí tuvimos la oportunidad de degustar el inapreciable pescado de la zona y de tener una conversación inenarrable, extraordinaria, surrealista y divertida, con Loida Mora, asociada de pro de la ACEC, durante la cual hablamos de todo lo divino y humano, pero especialmente del “efecto” y “aceleración” de Coriolis.

Siempre que visitamos un país, una región, un lugar determinado, intentamos destacar positivamente aquello hemos visto y apreciado, pero en el caso que nos ocupa, Fuerteventura, nos gustaría dar un grito de alarma, una llamada de alerta a quien corresponda. Esta isla está siendo herida y agredida por un desarrollismo incontrolado y salvaje, impregnado de una avaricia y una codicia sin límites, que está infringiendo a la isla daños irreparables, sangrantes, cuyos efectos son demoledores y seguramente irrecuperables.

La naturaleza crea bellezas, que cuando son destruidas son irrepetibles. Cada vez que el hombre viola las fronteras de lo razonable y legítimo, y en este caso el medio ambiente majorero está siendo apuñalado por la rapacidad y la sordidez, se crea un precedente que explosionará en un futuro más o menos próximo. Y ese futuro no será halagüeño. Este país se ha dotado de unas leyes para la conservación de la naturaleza, que según afirman, son modélicas, pero por lo que se ve son papel mojado. Los responsables de aplicarlas y respetarlas han hecho mutis por el foro.

Sabemos que lo que está sucediendo en Fuerteventura en la actualidad, ha sucedido y sucede en otras islas del archipiélago. A finales de los años cincuenta y primeros de los sesenta del siglo pasado, se puso en marcha en España y en Canarias en particular, un proceso desbocado de “naturicidio” que aún colea tan ufano y esa ola destructiva ha arribado ahora con el mismo vigor de siempre a las costas de la mayor de las islas orientales.

La Naturaleza es el templo de la vida. Nos preguntamos: ¿No fue Jesús el que expulsó, látigo en mano, a los mercaderes del templo?

Hasta aquí hemos reflexionado sobre nuestro deambular en la isla majorera. Deseamos darle al profesor y Dr. D. Juan Miguel Torres, las gracias, una vez más, por acompañarnos y sugerirnos visitas a los lugares más interesantes de las zonas a estudiar. Es, sin duda, el mejor anfitrión de su tierra nativa.

En este último curso en Fuerteventura, hemos contado con el docto asesoramiento del profesor y Dr. D. Ramón Casillas Ruiz, miembro del Departamento de Edafología y Geología de la Universidad de La Laguna, el cual es un profundo conocedor de la geología de la isla y especialmente de las rocas y estructuras del “complejo basal”. A él le damos también nuestro más sincero agradecimiento por las lecciones que nos impartió sobre el terreno.

 

Después de abandonar las costas de Fuerteventura, encaminamos nuestros pasos (dando un giro de 180º), durante el periodo vacacional de Semana Santa, a la isla de La Gomera. En esta ocasión contamos con las inestimables lecciones de los profesores D. Lázaro Sánchez-Pinto, D. Francisco de La Roche y D. Juan Montesinos, a los que, como siempre, les agradecemos su
magnifica ayuda intelectual y el esfuerzo físico realizado en la isla colombina. Sin su colaboración, sería imposible llevar a cabo los cursos que realizamos. Ellos, son piedras angulares de las funciones docentes de la “Viera y Clavijo”.

Como indicamos en el principio de estas reflexiones, el contraste entre la Gomera y Fuerteventura, se hizo patente desde el primer instante de arribar a San Sebastián.

La Gomera posee como seña de identidad más acusada, una topografía dura, accidentada, cortada por profundos y numerosos barrancos, de cambiantes desniveles. Sin duda, este curso, ha sido uno de los más esforzados que hayamos realizado en los últimos años.

El curso anterior en La Gomera lo dedicamos fundamentalmente al mar. La visita, vía marítima, desde Valle Gran Rey a Los Órganos, nos permitió estudiar en los acantilados costeros el proceso constructor de la isla. En el archipiélago no existe otra isla que muestre, tan palpablemente, como La Gomera, sus “intimidades geológicas”, exceptuando zonas de Gran Canaria y Tenerife, en las que se aprecia el mismo fenómeno expositivo. Otro de los recorridos que realizamos en el curso anterior, fue el imponente descenso desde Arure a Valle Gran Rey, por la “lomada” del Risco de La Mérica.

Este nos permitió observar los restos abandonados de la antigua industria de los hornos de cal en el área superior de La Mérica, además de contemplar la grandiosa cuenca del Valle Gran Rey desde lo alto.

Durante este último curso hemos comprendido, mejor que nunca, lo que ha constituido el esfuerzo titánico de los gomeros. Los recorridos desde Magro a la desembocadura del barranco de El Cabrito o el que llevamos a cabo desde El Cedro a la desembocadura del Bco. de Santiago, siguiendo los inutilizados, en la actualidad, antiguos caminos, nos ha dado la pauta de lo que ha supuesto el acontecer diario de los gomeros.

Los caminos que hemos utilizado en estos días (con una media de 6 a 7 horas por desplazamiento), cubiertos de piedras sueltas y ocultos por un mar de “tederas” nos pusieron al borde del agotamiento físico y mental. Prácticamente, al andar por estos senderos se requiere un alto grado de concentración. Para poder apreciar el esplendente paisaje que nos rodeaba, había que inmovilizarse y luego levantar la vista para apreciarlo, era imposible realizar ambos actos al mismo tiempo, so pena, de una arriesgada caída.

En una Gomera sin carreteras y teléfonos, como los actuales, la comunicación entre los gomeros, debió de ser una auténtica aventura, cargada de un profundo esfuerzo vital. Comprendemos ahora la génesis y utilización del “silbo” modulado para poder ponerse en contacto, de una a otra ladera, con el vecino más próximo.

Desde esta página electrónica hacemos un llamamiento al Cabildo de la Gomera, para que realice la rehabilitación y puesta a punto, de estos caminos y senderos, verdaderos monumentos a la esencia y valor de los antiguos gomeros y como ejemplo de las generaciones actuales y futuras de todos los canarios, independientemente de la isla que los ha visto nacer.

En los párrafos precedentes, hemos hecho referencia al combate secular de los gomeros contra la dureza de su isla y, hemos dado fe de su victoria, pues con un gran esfuerzo, supieron domeñarla y, en parte, “domarla” y humanizarla.

Tendríamos un comportamiento injusto, si no le dedicamos a los majoreros un reconocimiento similar. Si algo aprendemos en estos cursos es, sin duda, a apreciar la personalidad y la reciedumbre de los pueblos que visitamos.

Cuando meditamos sobre las gentes de estas islas, tenemos en cuenta que sus ciclos vitales se desarrollan en ámbitos aparentemente opuestos: En el gomero, domina la verticalidad, el espacio quebrado de los barrancos y la bruma vivificante y plena de humedad, enmarañada entre las ramas de los árboles y helechos del prodigioso bosque de El Cedro y en el majorero sobresale la extensión horizontal de sus campos y llanuras y la proverbial carencia de agua y aridez del ambiente y que no posee un estrato vegetal desarrollado y continuo, pero sus playas son la envidia de los restantes planetas del Sistema Solar.

En un pasaje anterior, imaginamos una Gomera sin carreteras y teléfonos. Esta situación de profunda incomunicación y de alejamiento, también se dio entre los pueblos de Fuerteventura. Ponerse en contacto entre los amigos y vecinos o para realizar una operación comercial (p.ej. vender el pescado en Puerto del Rosario), era objeto de larguísimas caminatas, quizás, con menos dificultades que en La Gomera, al ser los caminos menos pendientes, pero siempre duros al ser la separación longitudinal mucho mayor.

La extensa red de carreteras actual, se fue desarrollando paulatinamente a partir de los años sesenta del siglo anterior, un sueño de los majoreros hecho realidad, pero no siempre en su construcción y trazado se han respetado lugares que debieron ser intocables y protegidos. Según noticias que circulaban en la isla y de las que hemos tenido conocimiento, parece que existe un proyecto de trazado y construcción inminente, de una especie de autovía que atravesaría de punta a punta el Istmo de la Pared. De llevarse a cabo esta obra, según nuestra más que alarmada opinión, está constituiría un atentado de lesa majestad, a uno de los más originales paisajes del archipiélago canario.

No quisiéramos abandonar y finalizar estas reflexiones, sin hacer alusión a dos acontecimientos sucedidos en la isla de La Gomera, durante las visitas a Imada y al Bco. de La Laja. Los dos eventos fueron citas con la Historia.

La primera cita tuvo como protagonistas a nuestro esforzado Secretario y Coordinador de Actividades, D. Luis Carlos López Beltrán y al pueblo de Imada y sus habitantes. Ésta se produjo en el transcurso de nuestro descenso, por los antiguos caminos, desde El Cedro a la desembocadura del Bco. de Santiago.

Hacia la mitad del recorrido, al superar un recodo del camino, nos encontramos con Imada, un barrio de Alajeró localizado en la cabecera de un barranco con forma valle, donde reina la paz y el silencio, y donde los sonidos y ecos percibidos sólo eran de origen natural: de los pájaros, de los perros, de los gallos. La vista de Imada, desde lo alto del recodo, era sencillamente hermosa, pues la mayoría de sus casas, casi todas de una planta, modernas, limpias y enjalbegadas, nos provocaron la imagen de un redivivo Belén.

Nuestro interés por llegar a Imada, encerraba un propósito: el reencuentro de Beltrán con su primer destino docente y los 53 niños que fueron sus alumnos y sus padres. Beltrán impartió docencia durante dos cursos en Imada: 78-79 y 79-80 y no había vuelto a visitarlos desde el año 80. A pesar del tiempo transcurrido, pudimos apreciar que continuaba siendo estimado y querido. Beltrán haciendo alarde de una memoria privilegiada, preguntó, utilizando sus nombres, por la mayoría de sus ex-alumnos y sus padres, y también por otros amigos no relacionados con la escuela.

Fue verdaderamente emocionante verle estrechar las rudas manos de hombres, hechos y derechos y padres de familia en la actualidad, pertenecientes a aquellos niños de cinco años que fueron sus alumnos. Además, como la escuela era mixta, tuvo también la oportunidad de depositar en la mejilla de sus antiguas alumnas, hoy también madres de familia, un beso de reconocimiento y cariño.

Los que ejercemos la docencia, a cualquier nivel, comprendemos, que la entrega de Beltrán a la escuela de Imada fue total y que no reservó energías en el cumplimiento de su labor. Este reencuentro con sus ex-alumnos lo atestigua. Aún, antes de partir para Santiago, sobró tiempo para comentar y rememorar, un mural confeccionado por las niñas y niños bajo la dirección de Beltrán en los exteriores de la escuela. Dejó huella.

La segunda cita con la Historia tuvo como marco al Bco. de La Laja. A escote, alquilamos una guagua pequeña, y nos encaminamos, ya casi al anochecer del miércoles 12 de abril , en la víspera de nuestro regreso, a la cabecera del Bco. de La Laja. Allí, invitados por Quique (el biólogo D. Enrique Moreno Batet), celebramos la onomástica de su feliz natalicio. No reparó en gastos y nos obsequió con abundantes manjares y dulces jarabes.

El ágape se prolongó bien entrada la noche, pero ante la aparición de la lluvia y por nuestra inminente partida al día siguiente, optamos por retirarnos antes de que los gallos anunciaran el amanecer de un nuevo día. ¡ Quique ! Gracias por tu invitación y una vez mas ¡Feliz cumpleaños!

Es posible, que nos hayamos extendido demasiado en estos comentarios apresurados, pero hemos querido dar fe de los recuerdos más destacados de nuestras estancias en Fuerteventura y La Gomera.

Un afectuoso saludo para todos. (Urbi et orbi).

Jesús Bravo B.

La Laguna, a 10 de Mayo de 2006