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In Memoriam

Jaime Coello Bravo

Telesforo Bravo, el hombre que leía la tierra.
Una vida dedicada a investigar y proteger la naturaleza canaria.

En el momento de escribir estas palabras me asaltan sentimientos encontrados. La conciencia de haber disfrutado de los últimos veinticinco años de la vida de uno de los más grandes hombres que ha dado esta tierra, me llena de satisfacción. La pérdida del hombre, de mi abuelo, y el convencimiento de que con su muerte, muere también una parte importante del tesoro de sus conocimientos, me duele en el alma.

Su saber, afortunadamente, no se pierde del todo, pero su cabeza estaba llena de pequeñas historias, anécdotas y saberes que abarcan todos los aspectos de la vida de estas islas que tanto amó.

Telesforo era un sabio en el más amplio sentido del término. Naturalista y artesano, dibujante y ebanista, aventurero y maestro encarnaba el espíritu de una Ilustración tardía. Nació en su Puerto de la Cruz hace 89 años en una casa humilde de la Calle de la Hoya que hoy ya no existe. En el mismo Puerto de la Cruz que nos regaló a Agustín de Bethencourt y a Iriarte y donde se desarrollaron las primeras investigaciones con primates del mundo, a cargo del investigador alemán Wolfgang Khöler a principios de siglo XX.

Su padre, piloto de primera y patrón de un barco de cabotaje que hacía la ruta Santa Cruz- Garachico- La Palma, propiedad del armador noruego Thorensen, fomentó sus innatas ansias de saber e intentó con todos los medios a su alcance alimentarlas.

En ocasiones se llevaba a sus dos hijos varones en sus singladuras. A mi abuelo se le iluminaban los ojos cuando recordaba estos viajes, su desembarco en " La Rapadura" en la costa de Santa Úrsula, la honda impresión que le causaba el cielo nocturno plagado de estrellas.

Desaparecía varios días con su hermano Buenaventura por los riscos de Martiánez, en el Puerto de la Cruz. Allí trepaba con sus libros a la espalda y en el mismo lugar en que se impregnaba de unos conocimientos impresos y estáticos, aprendía a leer la naturaleza. Investigaba los huesos de lagartos y ratas, buscaba peces y moluscos en los charcos de marea, navegaba con su yola de charco en charco, de playa en playa, exploraba las sepulturas guanches. Me contó en una de nuestras charlas que estuvo doce años haciendo esto, sin que nunca le frenaran las inclemencias del tiempo.

Esa vida al aire libre tan inusual en su época hizo que algunos le consideraran un loco. Su físico, labrado a cincel por las rocas y moldeado por el agua del mar, le valió el apelativo del " Tarzán de Martiánez".

Ese paraíso en el que creció y del que se alimentó física y espiritualmente murió años más tarde a manos del mal llamado “progreso”, que tantas aberraciones ha justificado y que tanto nos ha quitado en esta tierra. Mi abuelo lo consideraba un tesoro natural inigualable y nunca superó su pérdida.

A mi juicio eran cuatro los rasgos principales del carácter de Telesforo Bravo:
Una gran vitalidad y optimismo y un humor socarrón y transgresor que le valieron sobrevivir a una guerra y dos años de privaciones y epidemias en Persia, un ansia ilimitada de descubrir y conocer , su profundo amor por el entorno y la vida al aire libre y su humanismo e inagotable vocación docente y de servicio.

Parte de la grandeza de mi abuelo, reside en que jamás perdió ninguna de estas cualidades y allí estaba con sus 89 años navegando en internet o escribiendo nuevas publicaciones en el ordenador, viajando a Cabo Verde, a Azores o a cualquiera de las Islas Canarias, acudiendo a todos los lugares donde era requerida su presencia, para dar una charla, una conferencia, para hacer una salida de campo.

El afán didáctico y el amor por la docencia le acompañó desde muy temprana edad, cuando oficiaba de guía de sus compañeros de excursión. Luego llegó a ser maestro nacional ocupando primero plaza en San Sebastián de la Gomera desde 1935, hasta que estalló la Guerra Civil. Después le trasladaron a Santa Cruz de Tenerife. Allí, enseñaba a los reclutas que iban camino del frente, hasta que él mismo fue llamado a acudir a la contienda.

Las pocas veces que hablaba de la guerra, era para criticar su sinrazón y estupidez. Describía las misas de campaña con los soldados de rodillas, mientras los obuses silbaban por encima de sus cabezas; y los encuentros amistosos de los soldados de los dos ejércitos en períodos de mal tiempo que la bonanza rompía, trayendo de nuevo las balas. A la guerra se llevó su cámara fotográfica y retrató los efectos de la guerra con toda su crudeza.

Nueve años estuvo movilizado, pero prefirió renunciar a la vida militar que le ofrecía seguridad y muchas perspectivas de futuro. Su punto de mira estaba en otro lugar. Sus ansias de saber le llevaron a las aulas situadas en la Ciudad Universitaria, en cuyas trincheras había combatido. Y en el logro de esta meta encontró una aliada excepcional, su mujer Asunción Bethencourt. Ella, maestra como él, se quedó cuidando el fuerte cuando él marchó a estudiar a Madrid, ya con treinta y tantos. Devoró sus años de carrera beneficiándose de los medios que se ponían a su disposición. Estudió Ciencias Naturales y eso, a su juicio, contribuyó a darle una visión global del entorno que le rodeaba. Sabía de Física, de Química, de Matemáticas, de animales y plantas y, por supuesto, de "piedras".

De todos estos saberes eligió especializarse en Geología pero siempre como integrador de los demás conocimientos de la Naturaleza. Tras la carrera comenzó trabajando para una compañía que se dedicaba a hacer estudios y obras hidráulicas por toda la Península. Recordaba cuando el Paseo de la Castellana estaba cubierto de campos y sabía situarte el lugar donde en su época hubo un pozo.

Su buen hacer llegó a oídos de una compañía estadounidense que le contrató para trabajar en Irán, entonces Persia. Eran los años de la Guerra Fría y Estados Unidos quería consolidar su presencia en aquel país, por su importancia estratégica, como parte del flanco Sur de la Unión Soviética. Así, se lanzaron a construir pistas de aterrizaje y carreteras por todo Irán.
A mi abuelo, le tocó la región del Azerbayán iraní, zona inhóspita y poco poblada.

Con su guía armenio se adentraba en aquellas grandes extensiones trazando carreteras, abriendo pozos. Negociaba con jefes tribales que encontraba en su camino, a veces se topaba con bandidos con los que tenía que regatear su derecho de paso. Entre bromas, como era habitual en él, contaba que se llegó a convertir en una especie de reyezuelo local.

Dos años estuvo allí, hasta que mi abuela al conocer de una epidemia que asolaba la región y que causó gran mortandad entre los estadounidenses, le vino a buscar.

Ya le habían propuesto convertirse en geólogo de la empresa y trabajar en varios proyectos alrededor del mundo. Pero el amor pudo más y volvió a su tierra.

Al regresar estuvo trabajando en el Museo Canario, en el que estuvo un breve pero fecundo período de tiempo. La colaboración con esta institución continuó hasta días antes de su muerte.
Después vino la docencia, la cátedra y el decanato en la Universidad de La Laguna, en aquellos años difíciles en que la vida académica estaba tan cargada de connotaciones políticas y sociales.

En la Universidad de La Laguna se convirtió en maestro de maestros y generaciones de maestros, biólogos, químicos, farmacéuticos y geógrafos disfrutaron con sus conocimientos. Comunicador y divulgador científico extraordinario, era capaz de transmitir todo su entusiasmo, interés y pasión por las materias que impartía. Lo aderezaba todo con grandes dosis de humor que rompían las pérdidas de concentración y el riesgo del tedio. Era un profesor que dejaba huella en sus alumnos, a los que procuraba alimentar con sus conocimientos y de los que recibía juventud.

Capítulo aparte merece su especial relación con las Cañadas del Teide, de noche y de día, en invierno y en verano. Durante años las recorrió en solitario, pasando muchas noches al raso. Las noches de invierno en Pico Viejo, combatía el frío haciendo una fogata y calentando lajas de fonolita y acercándolas a su saco de dormir.

Su obra científica es extensa y en muchos casos pionera. Bravo inaugura los estudios modernos sobre la Caldera de Taburiente, sobre la geología de la Gomera, sobre los tubos volcánicos, sobre la geología y la hidrogeología de los subsuelos de las islas. Sus trabajos de cartografía geológica son excelentes, y representan herramientas útiles para todo aquel que desee abordar el estudio de nuestra geografía.

Siguiendo sus propias inclinaciones, mi abuelo fue un gran geólogo de campo, y toda su labor científica está sólidamente anclada en un elegante y meticuloso trabajo de este tipo. Lo realizó casi todo a pie y en algunos casos en condiciones penosas, como en el caso de la investigación geológica de galerías de captación de aguas subterráneas, cuyo estudio abordó primero en solitario durante diez años y luego en compañía de su hijo y de su yerno.

Bravo encontró múltiples restos prehispánicos. Fue el primero en citar lavas submarinas (lavas almohadilladas), a más de 600 m. de altitud en la Caldera de Taburiente. Descubrió los primeros fósiles de lagartos y ratas gigantes en Tenerife. Describió por primera vez las enigmáticas estructuras aborígenes denominadas "queseras" en Lanzarote. Redescubrió el "Paisaje Lunar", alertó a las autoridades de la existencia de gases volcánicos en las galerías. Denunció hace más de treinta años a las autoridades municipales, la contaminación de los acuíferos. Puso su saber científico al servicio de la búsqueda de las aguas subterráneas en toda Canarias, pero fundamentalmente en Tenerife y la Palma, siendo innumerables las galerías y pozos que se abrieron bajo su asesoramiento.

Se opuso a la introducción de muflones y arruís en los Parques Nacionales del Teide y la Caldera y habló con voz firme para tranquilizar y serenar los ánimos cuando se dejaron sentir los seísmos en Tenerife, cuando se alertó sobre el riesgo del complejo de volcanes de Cumbre Vieja en la Palma, cada vez que se hablaba de riesgo volcánico.

Soportó durante años y en silencio las críticas de parte de sus colegas que negaban rotundamente su teoría sobre la formación de las Cañadas del Teide, hasta que fue finalmente demostrada.

La noche del seísmo del año 89, que se dejó sentir en buena parte de Tenerife, mi abuelo habló por la radio y recién levantado de la cama dijo que creía que el origen podía estar en una falla situada entre Tenerife y Gran Canaria y que no había de qué preocuparse, tesis que más tarde se confirmaría. Era capaz de arrancar una sonrisa al más serio cuando se hablaba de temas comprometidos. Cuando le preguntaron por las tesis catastrofistas que anunciaban que el Volcán de Cumbre Vieja entraría en erupción, se desplomaría y provocaría una ola de gigantescas dimensiones que acabaría arrasando la Costa Este de Estados Unidos, su primera reacción fue reírse y recomendar a los palmeros que se compraran una tabla de surf porque así podrían viajar gratis a América. Era consciente más que nadie de los enormes y atávicos miedos que produce la naturaleza en la gente y por eso combatía con todas sus fuerzas el alarmismo y el amarillismo científico.

Dibujante extraordinario, orfebre y ebanista excepcional, realizó alguna talla religiosa, hoy en una iglesia del Norte de Tenerife y muchos muebles y objetos decorativos con motivos naturales egipcios y mesopotámicos.

A veces, ya con los ochenta cumplidos, dormía en la azotea de su casa en su saco de dormir, contemplando las estrellas fugaces que recorrían el cielo nocturno. Cada vez que yo necesitaba un pronóstico fiable del tiempo le llamaba a él. Se levantaba temprano, iba a la azotea y allí leía el cielo y el mar. Luego miraba el barómetro y hacía su pronóstico, no solía fallar.

La diferencia entre este hombre tan extraordinario y el resto de la gente es que nosotros nos ponemos frente al paisaje y los elementos que lo componen y los observamos, medimos o estudiamos; Bravo se metía tan dentro del paisaje que parecía una parte más de él.
Sus últimos años fueron hermosos y fecundos. Gozó de buena salud y de claridad de ideas hasta el último día de su vida y hasta el último día de su vida continuó escribiendo artículos de investigación y divulgación sobre la naturaleza de nuestras islas, rodeado del cariño de su familia; de su hijo y mis padres, de sus nietos y bisnietos.

Obtuvo, al fin, el reconocimiento de sus paisanos, los canarios de las siete islas. A su casa, a la que llamaba su "Universidad", acudía gente de las siete islas y de las siete era reclamado para dar charlas y conferencias o para una entrevista. Disfrutaba sobremanera del contacto con la gente y, en especial, cuando acompañaba a sus profesores de la Asociación "Viera y Clavijo". Estas actividades le daban vida y a ellas se entregaba en cuerpo y alma.

Llamaba en todos los foros a recuperar la dignidad de su pueblo, a no perder la memoria colectiva, el legado de nuestros padres y abuelos, a no destruir nuestro medio natural. Nos hacía ver que nuestra realidad turística y urbana, tuvo un pasado lleno de sombras, de hambre y emigración, pero jalonado de detalles hermosos y heróicos que no deben caer en el olvido; que no hay nada más bello que la obra de la Naturaleza que tarda millones de años en completar su tarea.

La humildad de mi abuelo le llevaba a tratar con el mismo respeto tanto a una personalidad como al más humilde de los hombres. Eso nos lo inculcaba a todos los que le rodeamos. Hasta el día de su muerte fue como un niño, con los ojos chispeantes, que nunca perdió la capacidad de asombro, ni su gusto por las bromas. Hay muchos ejemplos de esto.

Durante el acto de nombramiento de Hijo Predilecto de la Isla de Tenerife, en el Salón Noble del Cabildo y ante la presencia de muchas autoridades civiles, militares y eclesiásticas de la región, se le ocurrió decir que el Teide era un elemento femenino, que amamantaba a todos los canarios. Cuando le anunciaron que le habían galardonado con el Teide de Oro de Radio Club Tenerife dijo que le parecía muy bien, pero que el Teide ya era suyo.

Con esa misma picardía infantil, sonreía cuando en una de sus últimas entrevistas decía que había sido feliz, porque en su vida había hecho lo que le había dado la gana.

No puedo terminar estas palabras sin recordar que alguno de los momentos más felices de mi vida los he pasado con mi abuelo, al aire libre en alguno de los extraordinarios lugares que nos brinda la naturaleza de nuestras islas, donde toda su fantástica sabiduría y personalidad se desplegaban en su plenitud. Es fácil entender lo que puede sentir un niño de siete años que mira por primera vez al cielo estrellado en una clara y fría noche de verano, y que, en medio del silencio de Las Cañadas, oye historias sobre dioses y seres mitológicos trazados en el firmamento, sobre mundos de roca y gases helados situados a distancias que ni siquiera la imaginación puede abarcar.

Ahora cuando voy hacia su casa, todavía pienso que lo encontraré sentado en su biblioteca, leyendo un libro o clasificando sus diapositivas; y cuando miro al Teide desde esta Gran Canaria desde la que ahora escribo, veo su rostro esculpido en la piedra, unido para siempre al paisaje que le vio nacer, que le dio tanto, al que dio tanto.

Telesforo, Telesforito, como lo llamaba mi abuela cariñosamente o cuando le pedía algo, se ha ido con su martillo a caminar por los “misterios” del cielo. Desde arriba nos observa y nos advierte como lo hizo en una de sus charlas, poco antes de fallecer:

"... este clima paradisíaco representa un auténtico peligro, ya que si la ocupación del espacio habitable sobrepasa cierto límite, la calidad de vida desaparece; si la densidad de la propiedad vecinal se hace minifundista, el paisaje original sólo será un recuerdo".

Si Telesforo Bravo fue capaz de transmitir, a los que alguna vez le escucharon, siquiera una pequeña parte de su profunda sabiduría y del inmenso amor que sentía por nuestras islas, y estoy seguro de que así fue, entonces su obra está completa.

Jaime Coello Bravo
Técnico Jurídico. GESPLAN
Medio Ambiente CANARIAS
Revista de la Consejería de Política Territorial y Medio Ambiente

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