Artículos

El Drago del Atlas

Lázaro Sanchez-Pinto Pérez Andreu

En 1995 se descubrió una importante colonia de dragos en una abrupta región montañosa del Anti Atlas occidental, en el suroeste de Marruecos, un territorio poco estudiado desde el punto de vista botánico. Estos dragos pertenecen a la misma especie que el drago común (Dracaena draco), cuya distribución se creía limitada a los archipiélagos macaronésicos de Madeira, Canarias y Cabo Verde. Aunque su apariencia es similar, presentan ligeras diferencias morfológicas, como las flores, que son más pequeñas y de color amarillo (blancas en el drago común), o las hojas, que son más cortas y estrechas. Asimismo, sus preferencias ecológicas también son distintas, y por eso se incluyeron en una subespecie propia, a la que se le asignó el nombre científico Dracaena dracosubespecie ajgal.

Los dragos del Atlas viven entre 400 y 1.400 metros de altitud, en los enormes paredones -prácticamente verticales- que conforman las gargantas del río Umarhuz, nombre que recibe el tramo superior del río Massa, cuya desembocadura se encuentra a unos 300 Km al noreste de Lanzarote. El clima general de esta región es bastante árido y caluroso, pero las gargantas del Umarhuz se benefician de las frescas brisas marinas que remontan el valle del río Massa hacia las montañas, y gracias a ellas se produce un microclima local mucho más benigno que el de su entorno.

La población de dragos se estima en varios miles de ejemplares; todos crecen en grietas o sobre pequeños andenes, colgados sobre el vacío, en espantosos precipicios de hasta 1.000 metros de profundidad. La mayoría se encuentra en las laderas orientadas al norte de las montañas Adad Medni (1.395 m) y Jbel Imzi (1.540 m), y sólo unos pocos aparecen en las vertientes orientadas al sur. Se trata de una población estable y bien conservada, con muchos individuos jóvenes, aún sin ramificar, y numerosos adultos de copa ramificada, incluyendo algunos ejemplares viejos de hasta 15 metros de altura. La palabra  ajgal es de origen bereber, y significa "el que vive en lo alto" o “el inaccesible”, en clara alusión a los sitios donde crecen.

En la zona existen varios topónimos que se refieren al mismo: Ti-ajgal ("los dragos"), T-ajgal-t ("el draguillo"), Agadir-ajgal ("la fortaleza del drago"), etc., lo que parece indicar que, ya desde muy antiguo, los dragos sólo se encontraban en lugares de difícil acceso. La región del Anti Atlas occidental es famosa por la abundancia de cabras que, desde hace milenios, han provocado grandes estragos en la vegetación natural, incluyendo los dragos, cuyas hojas son muy apetecidas por el ganado caprino.

Antes del asentamiento de los seres humanos y sus rebaños en este remoto macizo montañoso, los dragos y otros árboles formaban bosques abiertos que se extendían prácticamente hasta la costa. Pero la intensa actividad ganadera y la continua tala de especies vegetales para diferentes fines (combustible, maderas, ampliación de áreas de cultivo, etc.), obligó a los dragos y a otras muchas plantas a refugiarse en esos tremendos riscos y paredones, donde ni las cabras ni los humanos pueden acceder. 

Desde el punto de vista biogeográfico, la flora del Umarhuz es muy interesante, no sólo por el elevado número de especies vegetales exclusivas de esta región, sino por la presencia de muchas plantas propias de nuestro archipiélago, como laureles, almácigos, serrajas o tabaibas, así como otras estrechamente emparentadas con especies canarias, como acebuches, cardones, inciensos o verodes. Las gargantas del Umarhuz constituyen uno de los enclaves más importantes del noroeste de África y, recientemente, han sido declaradas Patrimonio de la Humanidad. Gracias a su peculiar topografía y al microclima que allí se genera, representan el último refugio de una paleoflora de incalculable valor ecológico y biogeográfico, además de poseer una belleza natural impresionante.

La sangre de drago

En la actualidad, los dragos del Atlas apenas tienen utilidad para los habitantes de la región del Umarhuz. En algunas aldeas se cultivan unos pocos ejemplares de los que se extrae su savia, la famosa “sangre de drago”, que se emplea como remedio para las contusiones y para fortalecer las encías. En tiempos pasados, este producto se consideraba una panacea por sus múltiples aplicaciones medicinales, entre las que destacaba su virtud para cicatrizar rápidamente heridas causadas por armas blancas.

Cuando a principios del siglo VIII los árabes invadieron los territorios que hoy en día corresponden a Marruecos, descubrieron que allí abundaban algunos árboles que ya conocían y apreciaban, como cedros, almácigos, lentiscos, dragos y otros de los que obtenían valiosas sustancias medicinales. Se sabe que los dragos que actualmente crecen en el Peñón de Gibraltar fueron introducidos por los árabes, y son oriundos del Anti Atlas. Esto pudo comprobarse a raíz de la descripción botánica de la subespecie ajgal, ya que, hasta entonces, se pensaba que procedían de los archipiélagos macaronésicos.

Durante muchos siglos, la sangre de esos dragos figuró entre los fármacos más importantes empleados por los médicos hispano-árabes, pero dejó de utilizarse cuando los musulmanes fueron expulsados de España, a finales del siglo XV. Los árboles productores y la remota región donde crecían, cuya situación había sido guardada celosamente, cayeron en el olvido hasta que fueron redescubiertos 500 años más tarde. Pero la sangre de drago no desapareció en medicina; simplemente fue sustituida por la de los dragos de Madeira, Canarias y Cabo Verde, y su fama se extendió por todo el continente europeo.

Desde los inicios del siglo XVI hasta finales del XVIII, se exportaron a Europa miles de toneladas de sangre de drago desde los archipiélagos macaronésicos, lo que supuso la casi extinción de la especie. De hecho, en Madeira apenas sobreviven un par de ejemplares salvajes y en la cercana isla de Porto Santo, antaño famosa por la abundancia de dragos, no quedó ni uno. En Cabo Verde desaparecieron de varias islas y, actualmente, sólo existen algunas poblaciones naturales en las islas de Santo Antao y Sao Nicolau.

En Canarias hay dragos salvajes en Tenerife, con una población estimada en unos 600 ejemplares, y, en mucha menor cantidad, en La Palma y Gran Canaria. En esta última isla se descubrió hace pocos años una nueva especie de drago (Dracaena tamaranae), de la que sólo se conocen unas cuantas decenas de ejemplares que, como los dragos del Atlas, sobreviven en algunos riscos y barrancos inaccesibles del suroeste de la isla. El resto de los dragos que crecen en el archipiélago canario son cultivados.