curso:Visita científica a Las Azores 2003
VOLCÁN OCEÁNICO DE SERRETA - DOS AÑOS DESPUÉS
por: Victor Hugo Forjaz . Vulcanólogo
Traducción del portugués: Jesús Enrique Mesa Alonso
Diario Insular (Islas Azores) 4/10/2002
En la mañana, ligeramente ventosa, del día 4 de Octubre del año 2000, el equipo luso-francés del OVGA - Observatorio Vulcanológico de las Azores - zarpaba del Puerto de Pipas camino de los mares de Serreta, a bordo del barco Gobi, llegado de Praia da Vitoria, Terceira. A bordo iban científicos, técnicos y colaboradores del OVGA, de la Universidad de Chambery y de la Sociedad Europea de Vulcanología, todos interesados en aproximarse al VOS o Volcán Oceánico de Serreta, un extraño fenómeno eruptivo detectado por pescadores a mediados de Diciembre de 1998, una vez que el sistema de vigilancia vulcanológica de SIVISA no funcionó.
En el barco las atenciones convergían hacia una carga muy especial, un minisubmarino teleguiado (ROV), cedido por colegas franceses y del cual sólo pagamos el transporte, encargo apoyado por la dirección regional da Ciencia y Tecnología, entidad que entendió nuestras necesidades. La revista Visão, de Lisboa, mandó uno de sus mejores reporteros para que nos acompañara.
Por el camino, paramos en la bahía de Fanal en la zona de Pesqueiro, intentando redescubrir fumarolas submarinas, que, felizmente, no evolucionaron hacia situaciones más graves. Cuando sobrepasamos el abrigo de las 12, como en Terceira se dice, el mar empeoró notablemente, casi rememorando las aventuras de dos días antes, con un barco Rodman del Club Náutico, donde vimos “la cosa fea” debido al peso del ROV, los balanceos de la lancha, las olas de través y un patrón muy poco experimentado... Estuvimos a punto de a arribar en los “Biscoitos”,escapando por poco de las dificultades de la marea.
Cuando llegamos al VOS el tiempo mejoró, fijamos las sondas y las dejamos caer por la borda, así como el mini-submarino, rezando “pelas alminhas” para que el cabo no se partiese, perdiéndolo todo.
Todo salió bien. Nuestro juguete, el ROV, se portó maravillosamente: subió, descendió, se viró, dio vueltas, parecía “humanizado”. Dentro del barco grabábamos las imágenes y comentábamos la versatilidad de la máquina, a pesar de la corriente. Cuando decidimos recogerlo, después de examinar los más fantásticos y recientes paisajes submarinos, surgieron las complicaciones de una operación lenta y cuidadosa, casi quirúrgica, como se dice ahora.
Regresamos a Angra, al Puerto de Pipas, eufóricos. Nuestros colegas franceses introdujeron las imágenes en internet y publicamos un texto en el boletín de la Sociedad Europea de Vulcanología.
Tal como al inicio de 2000, insistimos en proponer la designación “serretiano” para las erupciones submarinas donde, en determinadas fases, surgen lavas del tipo almohada (“pillow lavas”), vítreas, ennegrecidas, fuertemente inyectadas de gases, temporalmente flotantes, que, después, se fragmentan en pedazos que se hunden.
El nuevo descubrimiento (o sea, la erupción de tipo serretiano) fue objeto de comentarios escritos de diversos sectores, entre ellos del USGS (United States Geological Service), lo que nos honró bastante.
Al año siguiente, ocurrió una erupción submarina con idénticas características a lo largo de México. Y, en ese mismo año, en Nueva Zelanda, en un seminario internacional sobre “Las Ciudades y los Volcanes”, nuestro equipo presentó un vistoso póster sobre las características de una erupción serretiana.
Casi dos años después de nuestra misión, otro ROV, integrado en un programa de la Facultad de Ciencias de Lisboa, fue nuevamente a explorar los fondos generados o alterados por la erupción del Volcán Oceánico de Serreta.
Con gran placer leemos las noticias concernientes a una expedición de gran interés para el conocimiento del vulcanismo de nuestro territorio. De lo anteriormente expuesto, los trabajos recientemente finalizados demuestran que, en 2000, optamos correctamente por una técnica eficiente y económica, justificando así la propuesta de adquisición de equipamientos similares para las Azores.
Hace 15 años, en una entrevista al semanario lisboeta Expresso, anuncié una nueva erupción en las Azores hacia finales del siglo veinte, inicios del siglo veintiuno. En el transcurso del año se cimentan las sospechas de que la previsión era cierta. A la vez, un envidioso grupo local quería invalidar estas hipótesis a toda o costa, recurriendo a todos los métodos
