cursos: “Viaje científico al
Archipiélago de Cabo Verde”

Cabo Verde y Julio Verne

(Extractos del libro Agencia Thomson y compañía)

(…) No era posible, sin embargo, hallarse lejos de las islas de Cabo Verde; era inadmisible un error del capitán Pip. No se trataba, por consiguiente más que de un retraso; era seguro que durante la noche llegaría a descubrirse la tierra.

La suerte lo había decidido de otro modo. Para colmo de desdichas, la brisa se debilitó al ponerse el sol y no dejó de disminuir de hora en hora; antes de medianoche había completa calma. El Seamew, fuera de estado de gobernar, para dirigirse a tierra solo podía contar con la débil corriente que lo empujaba

En la región de los alisios son bastantes raros los cambios de dirección del viento. Sin embargo, a fuerza de avanzar hacia el Sur, el Seamew se había acercado notablemente al punto en que la brisa deja de ser tan constante. Muy poco al Sudeste del archipiélago de Cabo Verde los alisios desaparecen definitivamente, mientras que a igual latitud persisten en medio del Océano; en esta región sólo soplan con cierta regularidad de octubre a mayo; en diciembre y enero reinan los vientos del Este secos y abrasadores; junio, julio y agosto constituyeron la estación de las lluvias y el Seamew debía considerarse feliz por haberse librado de ellas hasta entonces. (...)

(...) Los demás pasajeros, privados de tal socorro, encontraban el tiempo sumamente largo. Así, pues, ¡qué grito de alivio y consuelo, hacia la una aproximadamente de la tarde, cuando la voz de «tierra» se oyó al fin desde lo alto del palo de mesana! (...)

(...) Antes de las cuatro distinguíase una tierra baja y, arenosa, coronada por un monte de mediana altura, a unas diez millas al Suroeste. Dada la poca elevación de su punto culminante, el Pico Martínez, aquella isla que el capitán designó con el nombre de isla de la Sal no pudo ser vista el día antes más que desde unas veinte a veinticinco millas a lo sumo.

Debía, pues, haber decrecido de manera singular la corriente que arrastraba al Seamew . En todo caso, por débil que fuese, aquella corriente iba directa hacia la costa, y poco a poco, a razón de un nudo aproximadamente por hora, se llegaba al mediodía a la distancia de una milla de una punta que el capitán denominó punta Martínez, cuando la corriente, cambiando súbitamente de dirección, corrió de Norte a Sur, al propio tiempo que se duplicaba su velocidad. (...)

(...) No era que el aspecto de la isla fuese tentador. Ni un árbol, ni un trozo de verdura. En toda la extensión que abarcaban las miradas no se descubría más que arena.

A medida que se iba avanzando hacia el Sur, la costa se rebajaba; la isla se hacía plana y de una espantosa aridez.

Hacia las tres y media se derivó al largo de Pedra de Lume, bastante buen anclaje, y donde se balanceaban algunos barcos de pesca. En vano se hicieron señales de socorro. Nadie respondió, y vióse desaparecer a Pedra de Lume.

Dos horas después se doblaba la punta Este, y un suspiro de esperanza brotó de todos los labios a bordo del Seamew . A favor de un remolino, el buque había hecho un gran movimiento hacia la costa, de la que sólo la separarían unos quinientos metros, a lo sumo.

Por desdicha, el movimiento se detuvo, lo mismo que había empezado, sin que se supiese por qué, y el Seamew continuó costeando la isla de la Sal, cuyos más nimios pormenores aparecían con claridad.

A tan poca distancia se hubieran podido dar voces, si se hubiese mostrado algún ser humano. Pero nada vivía en aquel desierto. No se tenía ante los ojos otra cosa que una verdadera estepa, que justificaba ampliamente la expresión del viajero inglés, llamando a la isla de la Sal una tumba de arena. Baja, gris, siniestra, aquella landa se extendía casi al nivel del mar, defendida contra la resaca por un cinturón de arrecifes.

El Seamew, siguiendo con una velocidad uniforme su implacable ruta, rodeó la bahía que se abre después de la punta Este. Antes de una hora habría doblado la punta del Naufragio, y después se hallaría de nuevo en el mar, en el mar profundo y libre.

De pronto, el hombre que sondeaba en las serviolas gritó:

‑¡Veinticinco brazas...! ¡Fondo de arena!

El capitán dio un salto de alegría sobre el puente. Era evidente que el perfil submarino se elevaba; que aquello continuase un instante y sería posible anclar.

‑¡Haced que preparen el ancla, FIyship! ‑‑dijo al segundo con voz tranquila.

Todavía un cuarto de hora siguió el Seamew el hilo de la corriente, al paso que la sonda no cesaba de acusar profundidades constantemente más reducidas.

‑¡Diez brazas...! ¡Fondo de arena! ‑gritó, al fin, el hombre de las serviolas.

‑¡Anclad! ‑ordenó el capitán.

La cadena corrió por el escobón y luego el Seamew, proa al Norte, permaneció inmóvil. (...)

(...) Se pudo proceder a un desembarco metódico, sin atropellos ni precipitaciones. Hubo tiempo de vaciar y desocupar los camarotes. Nada se dejó olvidado, ni aun los más insignificantes objetos. Aun antes de ponerse a salvo las personas, se dieron el gusto de poner a salvo las cosas.

A las siete y media de la tarde todos los pasajeros habían llegado sanos y salvos a la orilla. Puestos en fila ante sus amontonados equipajes, ligeramente asombrados de la aventura, contemplaban un poco tontamente el mar, sin hallar una sola palabra que decirse. (...)

(...) Partir alegremente para las Canarias, y llegar a un banco de arena en el archipiélago de Cabo Verde, era para estar asombrados. Si hubiesen tenido tempestades que combatir, si su buque se hubiera estrellado contra los arrecifes... Pero no, nada de eso había acontecido. La naturaleza no había cesado de mostrarse benévola; cielo azul, brisa suave; mar clemente; ningún triunfo había faltado en su juego. En aquel momento, particularmente, hacía el más hermoso tiempo del mundo...

Y, sin embargo, ellos estaban allí...

¿ Se había oído hablar nunca de un naufragio semejantes Podría imaginarse algo más absurdo? Y los turistas continuaban ante el mar, con la boca abierta; y, no sin razón, se juzgaban un poco ridículos. (...)

(...) A consecuencia de circunstancias sobre las cuales no convenía insistir, se había ido a parar a la costa Sudoeste de la isla de la Sal, casi a la extremidad de la punta del Naufragio. No ofreciendo ningún recurso la isla de la Sal, tratábase de hallar lo más pronto posible los medios de dejarla.

Por el momento, el capitán había acudido a lo más urgente. Según sus instrucciones, Morgand, acompañado del contramaestre, había partido hacía una hora para el faro elevado en la extremidad de la punta del Sur, a poca distancia del teatro de la catástrofe. Allí recogerían informes y se procurarían víveres ambos emisarios. No había otra cosa que esperar su regreso. (…)

(…)H asta cerca de las ocho no regresaron Roberto y el contramaestre de su expedición, escoltando una carreta, arrastrada por una mula y conducida por un cochero negro.

El cargamento de la carreta, compuesto de las más diversas vituallas, monopolizó en el instante la atención general. (…)

(…) No fueron muy tranquilizadores los informes obtenidos.

La isla de la Sal no es en cierta manera más que una estepa de 233 kilómetros cuadrados en la cual, menos de un siglo antes, no vivía ningún ser humano. Afortunadamente para los náufragos, un portugués, cincuenta años antes tuvo la idea de explotar las salinas, a las que debe la isla su nombre y aquella industria había atraído a un millar de habitantes aproximadamente. Los unos eran pescadores y los otros, que constituían la mayoría, eran obreros de las salinas; pero no se habían agrupado lo suficiente para llegar a formar una ciudad. No obstante, al borde de la bahía Mordeira, excelente anclaje sobre la costa Oeste de la isla, algunas casas habían formado va una aldea. En esa aldea, distante apenas quince kilómetros, era donde se hallarían socorros, si los había. (…)

(…) Hecho excepcional: la cara de Absyrthus Blockhead no expresaba, como de costumbre, una satisfacción sin límites.

Sí; el respetable tendero honorario estaba melancólico, preocupado, cuando menos, lanzando miradas a todas partes, como si hubiese perdido algo. Al fin no pudo resistir más, y dirigiéndose a Roger de Sorges, que le inspiraba una confianza especial:

- ¿No es verdad, caballero, que nosotros nos encontramos en el archipiélago de Cabo Verde?

- Sí, señor -respondió Roger, sin saber dónde quería ira parar.

- Entonces, caballero, ¿dónde está el cabo? -exclamó Blockhead con explosión.

- ¿El cabo...? ¿Qué cabo?

- E1 Cabo Verde. ¡Pardiez! No todos los días tiene uno ocasión de ver un cabo verde; y yo quisiera enseñar éste a Abel.

Reprimió Roger a duras penas una violenta gana de reír.

- ¡Ay, señor! Fuerza será que usted tenga que lamentarlo dijo, tomando un aspecto triste y desolado-. Abel no verá el Cabo Verde.

- ¿Por qué? preguntó Blockhead, abatido.

- Está en reparación dijo fríamente Roger.

- ¿En reparación?

- Sí; su color comenzaba a desteñirse, y se le ha transportado a Inglaterra para volverlo a pintar.

Blockhead miró a Roger con aire indeciso; pero éste mantuvo heroicamente su seriedad, y el tendero honorario quedó entonces totalmente convencido.

¡Ah! –dijo solamente con tono de lamento-.

¡En efecto! –aprobó Roger, escapando, en tanto que su compañero volvía junto a los suyos. (…)

(…) Poco después de las dos pusiéronse en camino los turistas, en carruaje losunos y a pie los otros. Por aquel suelo arenoso, tres horas se necesitaron para llegar a la bahía Mordeira. Algunas casas, cuyo conjunto apenas si merecía el nombre de aldea, alzábase, en efecto, allí sobre la costa del Norte.

En esa parte de la isla la naturaleza tenía un aspecto menos siniestramente árido. El terreno mostraba algún leve verdor y varias rocas rompían la monotonía del arenoso suelo. (…)

(…)El archipiélago de Cabo Verde, según explicó Roberto a su auditorio, se compone de gran número de islas o de islotes divididos en dos grupos distintos. Las islas de San Antonio, San Vicente y San Nicolás; los islotes de Santa Lucía, de Blanco y de Raza, dispuestos casi en línea recta, de Norte a Sur, constituyen el primer grupo. Las dos islas de la Sal y de Buenavista forman el segundo con las islas de Maio, Santiago, Fogo y Brava, más los islotes Rombos.

Toda vez que era imposible permanecer durante algún tiempo en aquella miserable isla de la Sal, convenía saber, en primer término, si había algún paquebote que hiciera pronto escala allí. En caso negativo, lo único que cabía hacer seria el procurar ganar alguna otra isla mejor servida en aquellos barcos de pesca que allí se encontraban anclados.

Entonces se trataría de elegir con discernimiento cuál era la isla preferible.

- Deberíamos ir a San Vicente ‑decidió Roberto sin vacilar.

Esta isla, en efecto, aunque no es la más grande del archipiélago, ha monopolizado y monopoliza aún el comercio, siendo muchos los buques que hacen escala en su capital. Puerto Grande, cuya población flotante es veinte veces mayor que la local. En aquel puerto, magnífico y muy frecuentado, no trascurrirían veinticuatro horas sin que se ofreciera ocasión de volverse a Inglaterra.

Consultado el capitán, confirmó las aseveraciones de Roberto.

- Tiene usted razón, en efecto –dijo-. Por desgracia, dudo de que sea posible llegar a San Vicente con las barcas que estamos viendo. Con este viento del Noroeste, se necesitarían muchos días. Creo que debemos tratar de ganar una isla que se encuentre en la dirección del viento.

-Santiago, entonces, sin duda alguna -dijo Roberto.

Aún cuando menos comercial que San Vicente, no por eso deja de ser Santiago la mayor isla del archipiélago, con su capital, Praia, que es además un excelente puerto. También allí se encontrarían todas las facilidades precisas para repatriarse, y en cuanto a la distancia, apenas si había diferencia. La única objeción era la insalubridad de esa isla, que le ha valido si sobrenombre de La Mortífera.

-¡Bah! -dijo Thompson-. Nosotros no pensamos establecernos allí. Un día o dos nada significan; y si nadie se opone...

Ante todo, no obstante, convenía dilucidar la cuestión relativa al paquebote; pero en aquel país semisalvaje, que no tenía trazas de contar con gobernador o con alcalde, no se sabía a quién dirigirse.

Por consejo del capitán, Thompson, escoltado por todos sus compañeros de infortunio, abordó a un grupo de indígenas que contemplaban con curiosidad a los náufragos.

Aquellos no eran negros y sí tan sólo mulatos, producto del cruzamiento de colonos portugueses y antiguas esclavas; por su traje se les reconocía como marineros.

Tomando Roberto la palabra en nombre de Thompson, se dirigió a uno de aquellos mulatos y le preguntó si en la isla de la Sal había algún medio de partir para Inglaterra.

El marinero caboverdiano movió la cabeza; no existía semejante medio. Durante la estación de los alisios, de octubre a mayo, no falten los buques, de vela en su mayor parte, en la bahía de Mordeira. Pero en aquella época del año había partido ya el último con su cargamento de sal y muy probablemente no llegaría ningún otro hasta el mes de octubre siguiente.(…)

(…) Los marineros parecieron hallar muy natural el proyecto de ganar otra isla. Sus barcas eran sólidas y en caso necesario habrían hecho más largo viaje. En lo que concernía a San Vicente, fueron por unanimidad de la opinión del capitán.

- ¿YSantiago? -insinuó Roberto.

Al escuchar aquel nombre los marineros cambiaron entre sí una mirada. Antes de responder, se tomaron tiempo para reflexionar; algo les preocupaba, que no confesaban.

- ¿Por qué no? -dijo al fin uno de ellos-. Eso depende del precio.

- Ese asunto compete al señor- dijo Roberto señalando a Thompson.

- Perfectamente -declaró éste cuando le hubo sido traducida la respuesta del mulato-. Si el capitán y usted quieren acompañarme, ese marinero nos enseñará las barcas que pueden proporcionamos y al propio tiempo discutiremos las condiciones del viaje.

Menos de una hora después todo se hallaba arreglado. Para el transporte de los náufragos y sus equipajes el capitán había elegido seis barcas, sobre las cuales juzgaba que era posible arriesgarse sin imprudencia De común acuerdo, se había fijado la partida para las tres de la mañana, a fin de viajar todo lo posible dentro del día.

Tratábase nada menos que de franquear ciento diez millas y debía contarse con un mínimo de diecisiete horas de travesía.

Nadie, por lo demás, protestó. Se tenía prisa por abandonar aquella isla desolada.

El momento de la partida halló a todo el mundo en pie. Cada uno ocupó su puesto y las seis barcas, largando sus velas, doblaban rápidamente la punta de las Tortugas. Como se ve, Thompson ascendía en graduación. De comodoro se transformaba en almirante.

Una hora después de la partida dejábase a babor la punta Sur de la isla de la Sal, y a los rayos del sol naciente asomaba Buenavista en las lejanías.

Por una casualidad, muy rara en aquella época del año, el cielo se mantenía obstinadamente puro. Un viento bastante vivo, que soplaba del Noroeste, hacía correr con velocidad a las seis embarcaciones.

A las ocho de la mañana se cruzó frente a Buenavista; era esta una tierra baja, de aspecto tan árido como el de la isla de la Sal; un simple banco de arena con algunos picos de basalto en el centro.

Algunas horas más tarde comenzó a dibujarse en el horizonte la cima de San Antonio, pico culminante de la isla de Santiago. Aquel punto, elevado unos 2.250 metros, fue saludado con los «!hurras!» de los náufragos, a los que indicaba el término, lejano todavía, del viaje.

Aun cuando más próxima, la isla de Maio, mucho más baja que Santiago, no apareció sino después de ésta. Las dos de la tarde eran cuando se descubrieron sus costas arenosas.

Era una nueva edición de la isla de la Sal y de Buenavista; no más que una playa de arena, sobre la que reverberaban los rayos del sol; apenas si podía creerse que tres mil criaturas humanas viviesen en aquella landa, tan por completo infecunda.

Cansados de contemplar aquella monotonía de tristeza, los ojos se dirigían hacia el horizonte del Sur, donde continuaba perfilándose rápidamente Santiago. Sus rocas cortadas, sus derrumbaderos de basalto, sus barrancos cubiertos de vegetación, recordaban un poco el aspecto de las Azores, y, relativamente a la desolación de los arenales, se encontraba agradable aquella salvaje costa, que antes se juzgaba tan fastidiosa.

A las ocho de la noche se dobló la punta Este, en el momento de encenderse el faro que la corona. Una hora más tarde se distinguió el fuego de la punta de Tamaso que cierra por el occidente el Posto de Praia. Cerca de una hora después penetraban las embarcaciones en el agua más tranquila de la bahía, en cuyo fondo brillaban las luces de la ciudad.

No fue hacia estas luces adonde se dirigieron los marineros caboverdenses, sino que anclaron a una distancia bastante grande de la ciudad.

Roberto se extrañó de ello. Informado por su «Guía», no ignoraba que existe un desembarcadero sobre la orilla occidental. Pero fue inútil cuanto dijo. Por una u otra razón, los mulatos persistieron en su provecto y comenzaron el transbordo de las personas y de las cosas por medio de chalupas que conducían las dos embarcaciones de los equipajes.

Sucesivamente fueron llevados los pasajeros a un pequeño peñasco situado al pie del promontorio que termina la punta oriental de la bahía.

Según pudo discernir Roberto por las indicaciones de su beadeker, era éste el antiguo desembarcadero, abandonado hoy por completo, y se extrañó más y más del capricho de los transportadores.

La resaca rompía contra aquel peñasco y el desembarque, en medio de aquella oscuridad, de todo tuvo menos de fácil. Hubo más de una caída sobre el resbaladizo granito que las olas pulimentaban desde hacía siglos, y muchos viajeros tomaron un baño involuntario. Poco después de las once la totalidad de los náufragos se hallaba en tierra. (…)

(…) Este último, cuando menos, al que se habían incorporado Roger y las dos americanas, no tropezó con molestias para encontrar hotel. En pocos minutos Roberto descubrió uno a cuya puerta llamó de manera capaz de despertar a los más obstinados durmientes.

Cuando el hotelero entreabrió su puerta, la vista de tan numerosos clientes pareció llenarle de estupefacción.

- ¿Tiene usted habitaciones que proporcionarnos? -preguntó Roberto.

- ¿Habitaciones? -repitió el hostelero como si estuviera soñando-. ¿Cómo han venido ustedes aquí?

- Como suele venirse; en barco - dijo Roberto con impaciencia.

- ¿En barco? -repitió el portugués en el colmo de la admiración.

- Sí, en barco -afirmó Roberto con enojo-. ¿Qué tiene esto de extraordinario?

- ¡En barco! exclamó nuevamente el hotelero-. No se ha alzado, sin embargo, la cuarentena.

- ¿Qué cuarentena?

- ¡Eh! ¡Por Cristo...! La de la isla, a la que hace un mes que no ha abordado ningún buque.

- ¿Qué ocurre, pues, aquí? -preguntó Roberto.

- Una violenta epidemia de fiebre perniciosa. Sólo en la ciudad mueren más de veinte personas por día, en una población de cuatro mil almas.

- ¡Por fortuna no estaremos aquí mucho tiempo!

Movió el portugués la cabeza de un modo poco tranquilizador.

- Por el momento voy; si ustedes gustan, a enseñarles sus habitaciones -dijo irónicamente-. Creo que no las dejarán tan pronto. Por lo demás, ustedes mismos verán mañana que cuando se llega a Santiago hay que quedarse en él.