- Cuadernillo Fuerteventura feb, 06
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Fuerteventura es biosfera
Por Tony Gallardo Campos
Gerente de la Consejería de Medio Ambiente
del Cabildo Insular de Fuerteventura
Rincones del Atlántico Nº2.
La retina del observador queda impactada por el derroche de luz. A ambos lados de la mirada se produce un vacío que, poco a poco, se va ocupando con el rojizo de la tierra yerma, los tornasolados de las superficies pedregosas, el amarillo inmaculado de las arenas y el verde turquesa del mar. Un mundo sin obstáculos, que no vacío, que nos cuenta su azarosa condición millonaria en años. Un imponente libro de geografía geológica que nos habla de los orígenes plutónicos de nuestra madre tierra. Todo menos la isla mítica imaginada. Nada del verdor de la floresta ni del marrón oscuro de la tierra húmeda.
Fuerteventura es espacio, es un cuerpo de mujer tendido sobre el mar del que sobresale sólo el espinazo pétreo de los farallones montañosos del macizo de Betancuria y Jandía. Un cuerpo largo y enjuto, colmado de cicatrices de viento y agua, que conforman agudos barrancos y sinuosas laderas de formas casi orgánicas.
El
observador sigue con la mirada puesta en la horizontal condición
de la isla, hasta que salen a su encuentro los centinelas de la memoria
y el tiempo. Primero el mágico pitón traquítico de
Tindaya, vínculo anímico con la cosmogonía de los
ancestrales Majos. Catedral a cielo raso de los míticos pobladores
de la isla que desde lo alto seguían con atención los designios
del cielo. Sus huellas, labradas laboriosamente en la roca, nos llaman
a la armonía con la naturaleza. El observador se coloca sobre la
traquita y posa suavemente sus manos sobre los ojos/aguas de la piedra.
La energía, a decir de los chamanes, fluye por estos poros de piedra
directamente al alma. No es de extrañar que el escultor Chillida
haya sentido “esto” y se ofreciera como médium para
hacernos transitar hasta al núcleo central de nuestro propio origen
vital, el corazón de la tierra.
Después los volcanes dormidos. Sus negros cráteres, alineados
uno detrás de otro, se
antojan
como cabezones totémicos de la isla de Pascua. Los nuestros, con
sus bocas abiertas, amenazando con tornarse rebeldes y escupir fuego de
nuevo sobre las blasfemas construcciones que amenazan el paisaje. Los mismos
volcanes albergan en su seno manchas verdes, de tabaibas, espinos y aulagas,
primeros y casi únicos colonizadores de lo que los lugareños
no pueden llamar de otra forma más que MALPAÍS. Volcanes
de furor o paz. Dormidos o atentos. Es país malo, pero naturaleza
buena, naturaleza que se resiste a ser domeñada por el hombre. Sus
retorcidos homúnculos modelan el basalto de forma caprichosa y dramática
creando un universo poblado de fantasmas. Vuelve a ser espacio que no vacío.
Y el observador se impregna de sosiego ante la constatación del
determinismo del tiempo. Sobrecoge pensar en “millarños” y
no en minutos.
El aire se torna de fuego en las planicies del centro, en algunos momentos
la reverberación nos hace pensar en lo imposible de la vida misma.
Hombres y animales se empeñan en demostrarnos lo contrario. Son
hombres duros, mesetarios, recios en su austera forma de sentir la tierra,
dispuestos a resistir las calamidades de la sequía o el aguacero.
Ingeniosos en el diseño de una estrategia vital que pasa o más
bien pasaba, por cuidar su bien más preciado, el agua. Los acompañan
un sin fin de náufragos en el empeño. Aves que recorren las
planicies esteparias de puntillas como si no quisieran quemarse los pies
(corredores, gangas, ortegas, alcaravanes…). También la augusta
hubara, reina de la estepa. Su mirada está tan hecha al contorno
horizontal de los jables del sur o a las llanuras pedregosas del norte
que el más mínimo obstáculo la hace emprender una
agitada huida. A los observadores pacientes, sin embargo, es capaz de regalarles
los pasos rítmicos de su seductora danza de apareamiento. Nada más
vivo que la estepa y nada más en riesgo de sucumbir al run run del
progreso. El cielo se puebla con la presencia de otro huésped ilustre,
el guirre majorero; su apellido atestigua su pertenencia ancestral a esta
tierra. El guirre, con su plumaje impoluto de blanco forense, es un superviviente
empeñado en no sucumbir a los cables, a la ocupación del
suelo y hasta a males modernos tan absurdos pero tan letales como la enfermedad
de esas vacas que pagan la locura de sus dueños. Tierra y aire,
menos de la mitad
del
universo mundo, la otra parte, su mar, su horizonte. Esta tierra hecha
de contrastes singulares pasa casi sin solución de continuidad de
la planicie a la playa y adquiere su condición plena cuando los
miembros exentos de ese cuerpo isla se hunden en el abismo del océano.
La isla son arenas que se remansan en sus costados sedentes, abrigadas
de la fiereza del viento o rasas volcánicas repletas de lapas y
mejillones que aguantan el embate de las olas oceánicas. Las playas
son la isla, pero también su pesadilla más pesada. De ellas
ha llegado por fin el respiro a sus gentes y con ellas también la
amenaza de su equilibrio.
La isla que queremos, la isla capaz de conformar un nuevo mito, se encuentra en ese camino que recorremos cada día. La isla biosfera es la isla del respeto al universo mundo que heredamos y que todavía hoy tenemos, es un rincón vivo del Atlántico.

