"Aspectos geológicos,botánicos y ecosistemas de La Gomera"

Aspectos insólitos y enigmáticos de La Gomera

La Gomera: De Laguna Grande a la fuente mágica de Epina

Gregorio González
Colección Canarias Mágica. Volumen IX y XIV

En La Gomera es fácil respirar la magia, ya que junto a la isla de La Palma se reparte el honor de albergar el mayor número de tradiciones brujeriles y hechiceriles de Canarias, acunando al mismo tiempo a numerosos yerberos, santiguadores y curanderos que han sido herederos de los más arcaicos secretos del arte de curar.

Cualquier vecino mayor de cuarenta años nos podría hablar de las viejas curanderas, algunas de las cuales llegaron a practicar técnicas cercanas a la acupuntura. Vallehermoso o Chipude albergan todavía a los herederos de dichas prácticas, y nos podemos beneficiar aún de sus conocimientos terapéuticos en los puestos de plantas medicinales que encontraremos en los mercadillos dominicales, como el de San Sebastián.

La magia de La Gomera está en sus paisajes, en las formas que adopta la piedra, en el dibujo del mar en sus costas, en su misteriosa y abrupta geografía.

La historia de la llamada Isla Colombina, por la estancia de Colón en la misma rumbo al Nuevo Mundo, es también la de sus cautivadores paisajes y hermosas leyendas, de entre las que destaca la de Garajonay, que presta su nombre a un entorno, el Parque Nacional de Garajonay, en cuyo seno se encuentra el enclave mágico de Laguna Grande. La citada narración o leyenda, de origen incierto aunque atribuida al mundo aborigen, tiene como en el relato de Romeo y Julieta un trágico final.

Cuenta cómo la princesa aborigen Gara, de La Gomera, y Jonay, hijo del mencey tinerfeño de Adeje, se enamoraron con motivo de la celebración del Beñesmén, las fiestas de la recolección, dando inicio a un amor imposible al no ser aceptado por los padres de Gara, al considerar tras diversos augurios que su unión traería la desgracia para la isla. El motivo estaba en que Gara era la princesa de Agulo, “el lugar del Agua”, mientras que Jonay procedía del Fuego, de la “Isla del Infierno”. Devuelto a Tenerife, en secreto

Jonay regresó a nado a La Gomera en busca de su amada, donde ante la imposibilidad de continuar su recién iniciado amor terrenal, decidieron clavarse una lanza de cedro y despeñarse por la cima que hoy lleva su nombre, Alto Garajonay. Para algunos estudiosos de la cultura aborigen la leyenda es un claro indicio de que pudieron existir fluidos contactos entre islas, tal vez con algún tipo de navegación con embarcaciones primitivas de las que no nos han quedado restos.

Visitando la Laguna Grande

En ocasiones podemos tener la suerte en nuestra vida cotidiana de tropezarnos con auténticos parajes naturales de los que irradia una “energía especial”, algo, como una atmósfera inexplicable, que hace de ese lugar en concreto un espacio donde la magia se puede palpar. En Canarias abundan estos enclaves, y en La Gomera el más emblemático e insólito de todos lo constituye sin duda la Laguna Grande, localizado como ya indicamos en el Parque Nacional de Garajonay, un paraje natural donde reina la naturaleza en toda su magnitud, albergando una muestra viva de lo que en toda Europa son fósiles vegetales.

Junto a ese y otros muchos atractivos naturales en su centro encontramos el enclave de Laguna Grande, un llano circular que surge en un claro del bosque y que des de antaño ha sido punto de encuentro de los diversos caminos que recorren La Gomera.

El maestro y poeta gomero Antonio Trujillo Armas puso ya de manifiesto su carácter mágico hace décadas, cuando refiriéndose a este lugar escribía lo siguiente: “para el gomero de los pueblos, particularmente, la Laguna Grande suena siempre como algo lejano y misterioso; como un lugar remoto y encantado al que hay que visitar investido del mayor respeto, cual si de un verdadero santuario se tratara. Ella ha ejercido siempre en la imaginación de los niños gomeros la influencia propia de las cosas misteriosas”.

Y al igual que antes, en la actualidad la zona es un concurrido lugar de paso con un área recreativa regularmente visitada por aquellos que gustan de pasar un día de ocio y esparcimiento en plena naturaleza. A pesar del enorme volumen de visitantes, el lugar conserva desafiando al tiempo su tesoro más intrigante, un circulo de piedras que según la tradición oral era usado por las brujas hasta hace muy pocos años y un monolito hincado que conserva las señales de su uso ritual.
El recinto está integrado por 14 piedras firmemente enterradas en el suelo y en disposición circular, en cuyo centro se encuentra otra de un tamaño ligeramente mayor.

En todos los casos las piedras se hallan trabajadas en alguna de sus caras, presentando signos grabados entre los que resulta difícil distinguir los de moderna ejecución de aquellos que pudieran tener cierto interés por su antigüedad. Entre estos últimos se halla una cruz grabada en la cara interior de una de las piedras y otros que recuerdan a signos rúnicos y marcas de canteros.

Al igual que con los signos, con el propio círculo se nos presenta el mismo problema, al desconocer por completo la fecha desde la que se tiene noticia del mismo. La cuestión estriba en discernir si, como afirma la tradición, antes de que este círculo fuese preparado y afianzado por trabajadores forestales hace varias décadas, existía uno anterior. Sin embargo, se ha podido recopilar de la tradición oral la existencia en este paraje y hasta hace al menos unas décadas de diversos amontonamientos de piedras, que en forma de torreta se distribuían a lo largo de todo el claro del bosque.

Dichos túmulos como propone el arqueólogo Antonio Tejera Gaspar, podrían haber sido edificados por los antiguos aborígenes de la isla, sobre todo si tenemos en cuenta que según las mismas fuentes éstos se construían con las piedras que cada caminante dejaba en el lugar al pasar por la zona, una tradición que entre los bereberes tiene un carácter mágico, pues cada piedra representa al espíritu de sus antepasados y en conjunto forman altares denominados Ker kús. En otras zonas de La Gomera, así como en La Palma y Gran Canaria se conservan los restos de estas construcciones.

En lo anecdótico entra la creencia vigente hasta hace pocos años de que las brujas cambiaban de lugar los túmulos de la Laguna Grande, e incluso hoy en día se cuenta la historia de un caminante que pasando de noche por la zona se encontró un grupo de brujas en pleno akelarre, a las que dejó paralizadas hasta el día siguiente clavando su cuchillo en el suelo. Son algunas de las mil y una historias mágicas ligadas al lugar.

Formando parte del recinto encontramos el elemento de mayor interés arqueológico, una roca gris verdosa de mayor tamaño situada a casi 13 metros del circulo, con tres de cuyas piedras incluida la central forma un eje que podría estar mar cando algún punto de interés, tal vez geográfico o bien astronómico.

El monolito hincado, de un considerable volumen en relación al resto, pues mide 1,40 metros de altura con un ancho de 1,50 metros, recuerda levemente a una cabeza, aunque lo más interesante de la misma como apunta Tejera Gaspar son las 22 perforaciones circulares que presenta distribuidas en tres de sus caras, sin contar los indicios de otras que no llegaron a ejecutarse. De naturaleza claramente artificial, éstas decúpulas tienen una profundidad media de 7 cm y un ancho de 6 cm, y su origen no ha podido ser determinado todavía, barajándose la posibilidad por parte de algunos arqueólogos de que dichas perforaciones fuesen realizadas por los antiguos aborígenes con algún material lítico, pudiendo tratarse de una estela.

El monolito presenta otra particularidad, puesto que está notablemente alisado, posiblemente por haber sido objeto de algún tipo de ritual que requería su flotación de forma continuada. Estos y otros indicios han hecho pensar a investigadores como el arqueólogo Antonio Tejera Gaspar que a la zona en la época prehispánica “se le atribuyó algún carácter de espacio sagrado singular, ya fuese como lugar de culto, zona de reunión para la celebración de rituales, o cualquier Otro que no sabría explicar, pero que de algún modo debió formar parte de la cosmovision de los gomeros”.

Actualmente los habitantes de la isla colombina continúan considerando a este lugar como un enclave mágico, visitado en fechas señaladas —como la del solsticio de verano— por grupos de personas que parecen rememorar antiguos cultos. Pocos gomeros aceptan el desafío de pasar una noche solitaria en el lugar, quizá porque como dejara escrito Trujillo Armas, “las madres amenazaban a sus hijos si no se dormían con llevarles a la Laguna Grande a bailar con las brujas”.

Los Chorros de Epina, la Fortaleza y
el Terrero de las Brujas

Rumbo a Vallehermoso y una vez cruzado el Garajonay nuestra próxima visita pueden ser los mágicos Chorros de Epina. Enclavados en plena naturaleza, su origen es, como todo en La Gomera, misterioso e incluso místico. La tradición popular que los ha llegado a considerar hasta milagreros hará posible que demos con ellos sin demasiados problemas, unos cientos de metros antes de tomar el giro hasta el caserío de Epina.

Por suerte cuentan también con una buena señalización, aunque en el caso contrario nos bastaría con observar la acumulación de coches junto a la cuneta en un sábado o domingo cualquiera, y a sus ocupantes provistos con numerosas botellas y garrafas llenas de su agua. Es posible que tiempo atrás el manantial brotara directamente de la roca, algo que no podemos asegurar en estos momentos, pues por su aspecto actual da la impresión que de unos años a esta parte ha sido encauzado y acondicionado por los técnicos de Medio Ambiente.

Actualmente nos encontraremos con un recinto cómodo, de fácil acceso gracias a las escaleras de piedra que nos conducen directamente hasta los chorros propiamente dichos. Siete, número sin duda mágico, son las salidas de agua por las que todo hijo de vecino que se precie debe beber en su visita al lugar, aunque existe alguna variante. Se asegura que para beneficiarse de los poderes del agua, los hombres deben beber de los chorros impares, esto es del uno, tres, cinco y siete, mientras las mujeres lo harán en los pares, números dos, cuatro y seis. Sólo así se podrá acceder a las propiedades curativas que se le atribuyen, así como a la fortuna y al amor que mana de los conductos de madera por los que se ha canalizado el agua para favorecer su consumo y el llenado de recipientes.

Otra tradición asegura que los dos primeros chorros corresponden a la salud, los que le siguen al amor y otros dos a la fortuna, siendo el último, el número siete, del que beben las brujas. Salvo que el lector sea demasiado supersticioso, le recomendamos que para asegurarse los beneficios del agua beba de los siete chorros, o en su defecto lleve una botella con agua de todos ellos, garantizándose un cóctel o pócima mágica envidiable.

Las leyendas vinculadas con los Chorros de Epina, actualmente en número de siete, pero que algunos mayores recuerdan como tres, nos conectan con las tradiciones mágicas antiguas relacionadas con las fuentes y manantiales, lugares donde brota el preciado líquido que garantiza la vida y que las más diversas culturas reverenciaron. Ellas fueron el lugar donde habitaban seres especiales que velaban por nosotros, entidades de la naturaleza que el hombre inmortalizó en las historias de duendes y hadas, y que posteriormente fueron en algunos casos cristianizadas con la aparición de una virgen u otra imagen religiosa.

Curiosamente a pocos metros del manantial de Epina existe una ermita, perdurando, también allí, el recuerdo de extrañas luces que de cuando en cuando se dejaban ver en un lugar considerado a todas luces como “encantado”. Quizá fueran los destellos de las brujas, que iban a beber del chorro número siete.

En el entorno de Vallehermoso aún nos quedan dos visitas más. En Chipude nos acercaremos hasta su imponente Fortaleza, lugar sacralizado por los antiguos gomeros y que ante su sola visión se hace comprensible el motivo que llevó a reverenciarlo. A 1.243 m. de altura, precedidos por paredes verticales de roca, es fácil tener la sensación de pisar un lugar sagrado. Allí se encuentra uno de los yacimientos arqueológicos más conocidos de la isla, albergando en su planicie restos de construcciones del tipo de torretas y pireos, estructuras estas últimas en las que se realizaban rituales de sacrificio animal junto a prácticas crematorias.

Se trata de auténticos altares en plena naturaleza, dominando por su situación estratégica buena parte del territorio, con profundos barrancos, imponentes roques y mantos de agua en la lejanía que decoran el escenario de la religión gomera.

En la actualidad tan sólo son observables los pocos restos que aún perduran de los que Verneau describió como “recintos circulares de tres metros de diámetro interior, circunscritos por muros de piedra seca de un metro de espesor. Al lado existen otros recintos mucho más pequeños. A una corta distancia se ven montículos de piedras que ofrecen en el centro una cavidad en forma de embudo.

Esta cavidad contiene cenizas, carbón, madera carbonizada en parte y huesos de cabra y cabrito, que sufrieron la acción del fuego”. La Fortaleza es un paisaje de referencia en la isla, pero conviene que también lo veamos a partir de ahora como uno de los antiguos lugares sagrados de los gomeros.

Poco antes de la entrada al núcleo principal del municipio “con el mejor clima del mundo”, y con la debida orientación de los vecinos del lugar, nos podemos acercar hasta el enclave conocido como el Terrero de las Brujas. Como el lector habrá adivinado, nuevamente nos tropezaremos aquí con las antiguas tradiciones sobre las prácticas brujeriles, identificando el lugar, a semejanza de la Laguna Grande, con un centro de reuniones y toda suerte de sortilegios vinculadas a las brujas.

La investigación de campo confirma una y otra vez una constante: tras los topónimos vinculados con las brujas o las ánimas, se esconden tradiciones más antiguas relacionadas también con la aparición de extrañas luminarias. Y el Terrero de las Brujas no es una excepción. También allí las misteriosas luces fueron interpretadas como el efecto que las brujas provocaban con sus esotéricos rituales y conjuros, o con las propias brujas que revoloteaban en torno a sus aquelarres.

Sin embargo, aquí se da una circunstancia particular registrada en otros lugares de Canarias, la existencia de restos aborígenes que sugieren la sacralización del lugar. El prehistoriador Juan Francisco Navarro lo describe así:

“En ese lugar hay una estación de grabados sobre bloques de roca particularmente blanda, lo que posibilitó que la mayoría tengan anchos surcos y que también se excavaran cazoletas, además de cruces. Entre las piedras grabadas destaca singularmente una, por su ubicación en el conjunto y por su forma natural de silla, cuya superficie fue grabada en su totalidad, existiendo una clara composición u ordenamiento de los trazos que cubren las distintas superficies, a las que podríamos denominar el ‘asiento’, el ‘espaldar’ y los ‘faldones’.”

El visitante encontrará el emplazamiento cuanto menos curioso, y sentirá la tentación de sentarse en el “trono de poder”, algo que le aconsejamos reprima para la mejor conservación del lugar. La existencia de cruces grabadas en el entorno, confundidas con otros signos, es un claro indicativo de que tras la conquista de La Gomera y con la llegada de pobladores desde la Península, comenzaron a introducir se creencias y conceptos religiosos que terminaron por transformar un lugar sacralizado por el mundo aborigen y en el que se podían dar ciertos fenómenos, en un enclave brujeril que a todas luces había que exorcizar, mediante el graba do de cruces o la construcción de dos ermitas.

El tesoro de La Dama

Entre Chipude y el caserío de La Dama, se encuentra La Vega Abajo, un enclave que nos tiene reservado una sorpresa, la existencia de una misteriosa “luz popular”. La presencia de la luminaria se remonta muchos años atrás, y aunque se ha tejido una leyenda para poder explicarla, su origen y antigüedad sigue siendo un misterio.

Probablemente como ocurre con otras luces similares distribuidas por toda nuestra geografía, la luz de La Dama siempre ha estado ahí, y nuevamente una construcción religiosa, concretamente una capilla, se encarga de cristianizar el lugar. Su comportamiento y características son similares al de otras luminarias, ya descritos en el volumen Las luces del misterio. El investigador local Fabián Mora recopiló años atrás algunos relatos relacionados con esta luz popular, que publicó en la revista Esequén.

Según cuenta: “Hace muchísimos años tres piratas llegaron con un tesoro a la playa de La Rajita, dos de ellos subieron al sitio en cuestión para enterrarlo y el otro se quedó en la playa con la embarcación. Una vez enterraron el tesoro, uno mató al otro, para ser menos a repartir.
Cuando éste llegó a la playa, el que había quedado en el bote, le preguntó: ‘¿está nuestro compañero?’ Y el otro le contestó: ‘Creo que se ha perdido, y que debemos esperar un poco a ver si llega’.

El que había quedado en la embarcación sospechó lo peor, por lo que tuvieron una gran disputa que terminó en pelea a consecuencia de la cual el de la barca mató al asesino. Luego, sin preocuparse en saber dónde estaba enterrado el tesoro, puso proa al Atlántico y se marchó.”

La tradición cuenta que la única manera de liberar al alma o almas en pena y aclarar el misterio de la luminaria, es buscando el tesoro tres personas, una de las cuales debe morir en el lugar una vez que el tesoro aparezca, apuntando como una variante que las tres personas deben ser mujeres vírgenes, en nuestra opinión por la creencia de lo sagrado del lugar y el mantenimiento de la pureza del mismo.

En todo caso es curiosa sin duda la adaptación gomera de la tradición de las luces del tesoro, tan populares en algunos países nórdicos en los que tales luminarias están asociadas a tesoros escondidos, Pero hay más. Como suele ser frecuente, en torno a la “luz popular” surgen otras historias en las que se entremezcla el componente religioso.

Algunos de estos hechos los relata también Fabián Mora: “Tal vez el más impactante fue el sucedido cuando se hizo la ermita de San Gregorio. Un señor de La Dama residente en Venezuela y enfermo de cáncer acudió a varios especialistas y nadie le daba esperanzas. Más tarde acudió al doctor Gregorio quien le curó. Tras esto prometió levantarle una ermita en la zona, compró el solar y mandó dinero para tal fin.

El contratista encargado de la obra, un día con su pala, intentaba extraer piedras en donde aparecen las luces para emplearlas en la ermita y fue aconsejado por uno de los presentes a hurgar en el punto donde supuestamente estaba el tesoro que mantenía al alma en pena. A pesar de ser un día estupendo y soleado, al intentarlo un fuerte viento lo sacudió y se le paró la maquina, así varias veces hasta que pensaron podría ser el espíritu y desistieron del intento.”

Es significativo que la ermita esté dedicada a José Gregorio Hernández, un médico venezolano que des tacó por su entrega desmedida a los pobres y cuya generosidad y virtudes lo han terminado por convertir en un “santo popular”, que no siendo elevado aún a los altares, es venerado como tal en Venezuela y también en Canarias, por los milagros que se le atribuyen.
Otra historia cuenta como “un señor de Chipude que bajaba para La Dama con un sobrino se le presentó la luz y el coche se le quedó sin frenos y cuando se vio perdido pidió por el niño que llevaba con él y en ese momento el vehículo se detuvo”.

“Por último —concluye Mora— hay que hablar de un señor al que todos nombran como el único al que se le ha presentado la luz y le ha hablado, desvelándole el nombre y prohibiéndole decirlo a nadie.

Curiosas historias, que sin duda no son las únicas y que el lector interesado sabrá descubrir por sí mismo en tan mágica tierra.