curso: “Estudio Científico de Islandia: tectónica atlántica, volcanes, géiseres, glaciares y desiertos”
Historia
Islandia es uno de los países más jóvenes del planeta,
tanto por su Geología como por su Historia, que comparten un recentísimo
pasado común comparado con las cronologías del Viejo Continente.
Para comprender esta peculiaridad, basta mencionar que la que fue bautizada
de forma permanente como Tierra de Hielo carece de prehistoria.
El descubrimiento oficial de esta isla inhóspita y palpitante, en el confín
septentrional del océano Atlántico, justo en el limite las regiones árticas,
tuvo lugar en plena Edad Media, cuando el resto de las naciones europeas
ya acumulaban un bagaje histórico de milenios de antigüedad. Sin embargo,
recientes investigaciones documentales y arqueológicas han sacado a la
luz vestigios más que hipotéticos de que Islandia ya fue visitada
varios siglos atrás, antes incluso del surgimiento del Cristianismo, durante
el oscuro periodo en que la superstición, la leyenda, el mito y la fantasía
envolvían las regiones nórdicas en un halo de profundo misterio.
Visitantes de la Antigüedad
Las primeras referencias que con cierta fiabilidad pueden atribuirse a Islandia aparecen durante el último tercio del siglo IV anterior a la era cristiana (a. de C.). En diversas fuentes griegas y romanas se hace mención de una remota isla denominada Thule o Ultima Thule, descrita por un marino y aventurero heleno llamado Pytheas que entre los años 330 y 325 (a de C), efectuó una navegación de descubierta por el Mar Hiperbóreo u Oceanus Innavigabilis, nombre por el que se conocía durante aquella era la región norteña del océano Atlántico y las gélidas aguas del Ártico que el propio Pytheas debió sin duda alcanzar al describir su consistencia como «similar a la gelatina»
Mientras que la visita del navegante griego a la actual Gran Bretaña, las islas Orcadas y la costa de Noruega ha podido ser constatada, su probable desembarco en Islandia no ha podido determinarse con exactitud, ya que la descripción que hizo del territorio fue un tanto contradictoria, No obstante, situó relativamente su posición al reflejar que Ultima Thule se hallaba «a seis días de singladura hacia e norte desde Bretaña», dato que sustenta la supuesta credibilidad de que arribase al litoral islandés.
Si Pytheas logró llegar desde la actual costa inglesa hasta Islandia, es más que probable que los antiguos marinos anglosajones, o más acertadamente los celtas, también hubiesen visitado con anterioridad la isla, o si no ellos, quizá otros navegantes nórdicos durante derrotas erróneas por las rutas boreales. Pero tanto si esto sucedió como si no, no ha quedado rastro alguno que evidencie su presencia. Así pues, y como única hipótesis probable de que Última Thule fuese la propia Islandia, contamos con la prueba de que tal denominación permaneció vigente hasta la época de la colonización insular a finales del siglo IX, si bien siempre se podría apuntar que el nombre se mantuvo o aplicó a la isla de forma arbitraria en virtud del relato de Pytheas.
La primera evidencia tangible de ocupación humana en Islandia se remonta al año 300 después de la era cristiana y está basada en unas monedas romanas acuñadas en tal fecha que fueron halladas en la tierra de hielo. Pero ciertos investigadores apuntan que la datación no garantiza una irrefutabilidad concreta de asentamiento, ya que si bien durante aquel periodo Bretaña permanecía bajo el gobierno de Roma, y numerosas colonias de legionarios ocupaban el actual Reino Unido, no se puede determinar con exactitud que marinos romanos hubiesen navegado hasta algún atracadero islandés durante la tercera centuria de nuestra era.
En todo caso, la presencia de las monedas en la supuesta Ultima Thule evidencia que alguien las trajo hasta allí, pero esto pudo ocurrir en fecha muy posterior a la que aparece inscrita en las mismas.
Los Monjes Eremitas Irlandeses
En el siglo VI el desconocimiento general sobre las regiones septentrionales del océano Atlántico seguía siendo un hecho favorecido por la superstición y las leyendas europeas, que consideraban su área como una especie de lugar encantado en el que podrían encontrarse todo tipo de seres míticos, como los terribles Cinocéfalos, mitad hombre y mitad perro, que subsistían en mitad de unas islas arrasadas por fuertes vientos y en cuyas aguas se desencadenaban violentos torbellinos o maelstróms; pero que también daba cabida a paraísos añorados repletos de belleza, espiritualidad y esplendor, como Vinland, los Campos Elíseos y la tierra de Avalon, uno de los puntales de la leyenda artúrica.
Durante este mismo periodo, un hecho crucial determinó el principio del fin de todas estas creencias paganas: la adopción del Cristianismo en Irlanda. Muy pronto, un importante número de hombres santos seguidores de la nueva fe iniciaron una peculiar labor proselitista para instaurar en todo su territorio esta pujante religión que, entre otros preceptos, instaba a concluir con cualquier rito pagano y obligaba a sus seguidores a extender su concepción hasta el último rincón del globo.
Tanto por un motivo como por otro, algunos de los recién instituidos monjes cristianos irlandeses decidieron lanzarse con rumbo norte hacia las incógnitas aguas del Mar Hiperbóreo para acabar con los mitos, para ellos infundados, que medraban en aquella región, y que no podían seguir vigentes ahora que las enseñanzas de Cristo condicionaban la abolición de toda creencia anterior. Otros navegantes, por el contrario, tomaron su decisión de viajar hacia el norte por un motivo mucho más sólido, que era la obviedad de que numerosas aves migratorias recalaban en Irlanda provenientes del noroeste, lo que permitía concluir que en aquella dirección tendría que existir otra tierra o isla susceptible de ser cristianizada o cuando menos ocupada en el nombre de Dios.
Uno de los primeros monjes que realizaron una singladura por el límite de la entonces desconocida franja de los océanos Ártico y Atlántico fue San Brendan durante la primera mitad del siglo VI, y cuyas experiencias han quedado para la posteridad en un relato trescientos años posterior titulado «Navígatio Sancti Brendani Abbatis», en el que se intuye, aunque con reservas, que el apostólico explorador se aproximó e incluso quizás tocó la costa islandesa, groenlandesa e incluso alguna de las Islas Faroes.
A partir del año 700 otros santones siguieron su ejemplo, pero motivados sobre todo por la esperanza de encontrar un lugar apartado de recogimiento espiritual que les permitiese llevar una vida de ermitaño regida por los rezos y la comunión con Dios. De este periodo han pervivido hasta el presente crónicas fiables que documentan el asentamiento individual de los primeros eremitas en Islandia, quienes muy pronto, y a medida que se iba produciendo la llegada de nuevos emigrantes, comenzaron a erigir algunas iglesias, muy próximas a la línea de costa del sur de la isla, al tiempo que varios monjes, como Dicuil en el año 825, dejaron por escrito sus impresiones sobre su retirado hogar, haciendo alusión a las características climáticas de la misteriosa Ultima Thule y al asombroso fenómeno de que durante el verano nunca se pusiera el sol.
Poco tiempo después, marinos y aventureros nórdicos, portadores de la más pura estirpe vikinga, tuvieron conocimiento, al menos desde el punto de vista histórico, de la existencia de Islandia a raíz de sus frecuentes viajes hasta Irlanda, donde pudieron constatar con la población local la certeza de que una isla habitable se encontraba al noroeste de aquel habitual atracadero. Esto ocurría a mediados del siglo IX, fecha a partir de la cual tuvo lugar la primera colonización real de la misteriosa Tierra de Hielo.
La Colonización
Desde mediados del siglo IX pueblos nórdicos de diversa procedencia, pero sobre todo nativos de los modernos países de Noruega y Suecia, fueron los pioneros que determinaron formar una comunidad permanente en la ya nunca más legendaria isla de Última Thule.
Si bien se puede especular con que la inmigración en Islandia se produjo debido a los contactos entre vikingos e irlandeses, otros investigadores siguen manteniendo que el verdadero origen de la llegada de los antiguos pobladores del norte europeo a la isla se debió a repetidos fallos en los cálculos de deriva a partir de navegaciones con rumbo a occidente que tenían su origen en el archipiélago de las Faroes.
Ya fuera de un modo u otro, diversos exploradores nórdicos comenzaron a realizar expediciones de tanteo en la nueva isla provocando que sus solitarios habitantes, los papars o ermitaños irlandeses, comenzasen a abandonar sus asentamientos ante la inminencia del establecimiento de grupos numerosos de colonizadores. Sin embargo, entre los pioneros que llegaron a Islandia con la intención de echar raíces, también se contaron gran cantidad de irlandeses que, junto con los emigrantes vikingos, conformarían la estirpe de la futura nación islandesa.
Dos fuentes escritas hacen alusión al importante periodo de la colonización en Islandia, el Ís/endingabók, redactado durante el siglo XII por el historiador local Ari Porgilsson; y el Landnámabók, otra compilación de acontecimientos sobre los orígenes del país islandés.
De forma generalizada se admite que un sueco, llamado Naddoddur, fue el primer navegante nórdico que llegó a Islandia en el año 850, y también el que en primer lugar modificó el antiguo apelativo de Ultima Thule por otro nuevo nombre Snæland (Tierra de Nieves).
Poco después otro marino vikingo, Gadar Svavarsson, circunnavegó por completo Snæland la renombró como Gadarshólmur en honor a sí mismo, y dejó una parte de su tripulación en tierra, creando con ello el primer asentamiento reconocido del lugar.
En el año 860 el noruego Floki Vilgerdarson encabezó las sucesivas migraciones de compatriotas al partir rumbo a Islandia con su familia y todas sus posesiones, abandonando el tiránico régimen feudal imperante en su nación de origen. A este colono se debe la actual denominación del país, puesto que a su llegada a la isla grandes masas de icebergs que flotaban ante la costa le sugirió que su nuevo hogar, era más que una Tierra de Nieves una Tierra de Hielos (Island).
Pero comoquiera que Vilgerdardon regresó temporalmente a No ruega, fue un compatriota suyo, Ingólfur Arnarson, quien es considerado el auténtico fundador de la colonia nórdica en Islandia, por cuanto desde su llegada a la isla en el 874, permaneció al frente de su recién instaurada comunidad, establecida en el sudoeste de la isla en un lugar que él mismo denominó Reykjavík o “Bahía Humeante”, debido a las nubes de vapor que surgían ante la costa como producto de los fenómenos geotermales del subsuelo.
En muy poco tiempo otros vikingos siguieron el ejemplo de Ingólfur, sometiéndose a su autoridad al asentarse en sus dominios de la que desde finales del siglo IX hasta el presente ha sido siempre la capital de la isla. El periodo comprendido entre los años 874 y 930 es denominado en la historia nacional como el periodo de Colonización, que culmina con la creación al final de este lapso del que se convertiría en el primer parlamento mundial: el Althing.
El Alping (Parlamento)
Siendo Islandia una tierra repleta de inmigrantes llegados hasta la isla con la esperanza de lograr una existencia próspera y sobre todo libre, sin estar condicionados a los designios dictatoriales de la totalitaria monarquía noruega, es comprensible que los colonos proislandeses pusieran todo su empeño en dotar a su nuevo hogar de un tipo de gobierno autónomo carente de reyes, nobleza y sucesiones dinásticas.
Sin que ninguna fórmula política similar hubiese sido probada anteriormente en la historia europea, el sucesor del fundador Ingólfur, su hijo Porsteinn Ingóltsonn, formalizó en el año 920 una asamblea regional en Reykjavík, que se convertiría en modelo de otros asentamientos insulares con la pretensión de que todos ellos alcanzasen conjuntamente un consenso y una unidad nacional, conceptos imprescindibles para proclamar un autogobierno independiente y capaz de fomentar una idiosincrasia propia.
Mientras el mismo Porsteinn reafirmaba su figura como jefe absoluto de sus dominios, uno de sus colaboradores más cercanos, Úlfjótur, erudito versado en leyes, comenzaba a bosquejar el diseño político de lo que se convertiría en el Alping o Asamblea Nacional, a todo los efectos, el primer Parlamento existente en la historia contemporánea occidental.
Islandia se perfilaba como una auténtica república unificada cuya expresión original tomó forma junto al acantilado de Bláskogar, un imponente accidente geográfico bastante próximo a Reykjavík que la ciencia moderna ha determinado como lugar emergido en que las placas continentales americana y euroasiática se separan la una de la otra. Grímur Geitskór, designado por Porsteinn lngólfsonn para que buscase un lugar propicio para las juntas de la Asamblea, eligió aquel sitio por poseer una especie de podio natural, con buena acústica, para que los distintos comisionados de cada región pudiesen expresar su palabra.
Pronto, en el año 930, considerado como onomástica del Alping tuvo lugar la fundación oficial de la república y su parlamento, al tiempo que el paraje de Bláskogar modificaba su nombre antiguo para transformarse en Ingvellir, las Llanuras del Parlamento, donde a partir de entonces y con carácter anual, se celebraba una convención presidida por el allsherjargodi o jefe supremo, cargo que en primer término recayó sobre Porsorsteinn.
En cada uno de aquellos actos el lógsógumadur o portavoz de la ley recitaba al completo las normativas y regulaciones islandesas, que regían la nación y bajo las que se amparaban a las que debían respeto cada uno de los 48 godaro jefes de las asambleas locales que conformaban el país.
El Alping reunía de este modo dos de los tres poderes fundamentales del estado: el legislativo y el judicial, mientras que ejecutivo quedaba en manos de cada uno de los comisionados que representaban a su asamblea, hecho capital que determinaría tras apenas un siglo de existencia que el Parlamento se viera minado por la corrupción de sus líderes, debido a su propensión a administrar las leyes de forma interesada a cambio de beneficios personales, lacra que, a medio plazo, condujo al Alping a su desaparición.
No obstante, durante este periodo de la formación gubernamental de Islandia, otros acontecimientos de diversa consideración contribuyeron a enriquecer el corto pasado histórico de los isleños. Uno de ellos fueron los grandes descubrimientos de tierras lejanas también pertenecientes al entorno ártico, como resultado anecdótico del exilio de un vigoroso navegante, Eirikur Raudo, más conocido como Erik el Rojo, quien tras ser obligado por un asunto judicial a abandonar Islandia, colonizó por vez primera la inmensa masa insular de Groenlandia en el año 982, estableciendo una sucinta colonia a varios cientos de kilómetros de su capital actual, Nuuk.
Más de una década después, su hijo y sucesor Leif el Afortunado siguió la tradición de su padre poniendo rumbo a occidente hasta arribar a un ignoto territorio alrededor del 999. El lugar de su desembarco, quizá no uno sino varios, debió tener lugar en la isla de Baffin, que él denominó Helluland, para más tarde fundar otros asentamientos en la actual península del Labrador y en la desconocida Vinland, que debía ocupar algún punto al norte de la presente ciudad de New Jersey.
También en el año 999, o puede que en el 1000 según ciertos investigadores, los viejos dioses nórdicos y otras deidades paganas fueron erradicadas de Islandia con la adopción fulminante del cristianismo por parte del Alping en base a una sugerencia insistente del monarca noruego Olaf Tryggvason. Muy pronto, la Iglesia Romana Católica contó con dos obispados insulares que jugaron un doble papel político y educativo.
El primero, en base a la reafirmación de la unidad nacional al aportar una religión común para todos los habitantes; y el segundo, en virtud a la expansión de la cultura y las ciencias debido a la creación de escuelas que, a la postre, constituirían la génesis de la brillante Era Literaria nacional, materializada en las Sagas o poemas épicos histórico-legendarios que constituyen el máximo exponente de las artes escritas escandinavas.
La era de la adversidad
El futuro prometedor que la fundación del Alping y su ecuánime sistema de gobierno ofrecía a los colonos islandeses pronto evidenció fisuras que permitieron vislumbrar un corto periodo de bonanza social y económica para el joven país.
De este modo, y a pesar de la unificación nacional añadida por parte del cristianismo y de la explosión intelectual materializada en la culturización de Islandia, apenas dos siglos y medio después de la primera reunión de la Asamblea Nacional en Pingvellir, las luchas internas por el poder, encabezadas por distintos jefes locales entregados a la corrupción mediante el soborno debido a su autoridad como custodios de la justicia, sumió a la nación en un caos irrefrenable que muy pronto comenzó a manifestarse en forma de asaltos, asesinatos, instauración de regímenes feudales y totalitarismo absoluto.
Un desgastado Alping desmembrado e incapaz de contener a los jefes insurrectos al ser ellos mismos parte integrante del Parlamento, se rindió ante la evidencia de carecer de algún modo eficaz para contener los pillajes y los abusos de poder en las cada vez más empobrecidas regiones de la isla. La única salida posible para refrenar el desorden social y político se encontraba en la ayuda extranjera, oportunidad que el rey de Noruega, Hákon Hákonarson, no quiso desaprovechar para extender su poder sobre Islandia, al entender que la isla ofrecía un bastión más de defensa para su país y unas riquezas potenciales nadadesdeñables para su corte, motivo por que el que ofreció su protección al Alping prometiendo acabar con todas las revueltas.
Aunque la aceptación del ofrecimiento suponía supeditarse nuevamente a la monarquía de la que los colonos islandeses habían escapado un par de siglos atrás, la falta de otras opciones obligó a los débiles representantes del Parlamento a transigir ante el rey Hakón mediante la firma de un tratado de confederación rubricado en 1262 que, como era previsible, sólo sirvió de puente para que la corona noruega afianzase sólidamente sus intereses en Islandia.
Apenas veinte años después de la firma del acuerdo, Noruega extendió de forma unilateral su control sobre la isla, convirtiendo a sus habitantes en súbditos de su corte, y a sus tierras, en propiedad del monarca. Literalmente, Islandia había sido políticamente devorada, en lo que tan sólo era un paso más del avance continuo de la Tierra de Hielo hacia una Era de la Adversidad o Periodo de Declive que perduraría durante seis largos siglos.
Pero la pérdida de la independencia, terrible y humillante, vino acompañada poco después por una serie de catástrofes y epidemias que hundieron aún más a Islandia en la pobreza y la desolación. Así, en los años 1300 y 1341, sendas erupciones del volcán Hekla situado en el sur de la isla, provocó un gran número de victimas y arrasó la mayoría de los campos de cultivo. Las consiguientes hambrunas hicieron perecer a gran parte de la población, y los supervivientes tuvieron que enfrentarse a la peste y otras enfermedades letales que diezmaron tremendamente a los cada vez más castigados islandeses.
En medio de este caos de destrucción, pobreza y muerte, el reino de Noruega, también mermado por la terrible muerte negra, sucumbió ante el poder la corona de Dinamarca, que aprovechándose de la debilidad de su tradicional competidor y enemigo, consiguió extender su gobierno sobre más de la mitad del territorio escandinavo. Lógicamente, la caída de Noruega arrastró consigo a Islandia, que también quedó sometida bajo la corte danesa en 1380.
Bajo el dominio de Dinamarca
La humillación de haber servido a los noruegos como una provincia más de su reino, no fue sino el prolegómeno de los sucesivos calvarios que los islandeses tendrían que atravesar desde finales del siglo XIV hasta el último tercio del siglo XIX, quinientos años durante los cuales tuvieron que acatar el totalitarismo de los monarcas daneses.
Si a nivel político Islandia casi carecía ya de identidad propia cuando Noruega se erigió en su gobernante, ahora que Dinamarca ocupaba tal cargo las posibilidades de autogestión estaban definitivamente olvidadas. Sin embargo, un inesperado revulsivo consiguió que los islandeses hicieran alarde de un conato de revolución contra sus opresores debido a un conflicto social surgido a la primera mitad del siglo XVI que tuvo su origen la religión, y más concretamente en la imposición de la Reforma Luterana que el rey danés instauró en todos sus territorios y en la subsiguiente desamortización de todos los bienes de la iglesia católica.
Con un bagaje de medio milenio largo en la observancia del catolicismo, Islandia se opuso abiertamente a aceptar el nuevo modelo de fe, máxime cuando el propio obispado local, encabezado por su prelado Jón Arason, decidió convertir el conflicto religioso en un motivo contundente para reafirmar la perdida independencia nacional.
Como materialización de sus deseos, los islandeses ya habían editado en 1540 un ejemplar del Nuevo Testamento que a la postre se convertiría en el libro más antiguo impreso en la isla. Con este gesto, manifestaban claramente su fidelidad católica y sus ganas por recuperar la libertad a cualquier precio
Pero sus empeños resultaron baldíos, pues Dinamarca no podía consentir una escisión de sus territorios, y como medida preventiva ante la eventualidad de que Islandia se alzase en una rebelión absoluta, el obispo Jón Arason y parte de su familia fueron asesinados vilmentetras la resolución definitiva que en 1550 señalaba el luteranismo como la religión oficial danesa.
Aunque no parecía que el futuro de Islandia pudiera empeorar más aún, el siglo XVII reafirmó aquel viejo axioma de que cuando algo va mal siempre puede ir a peor. Y el hecho que sancionó una vez más la certeza de ese pensamiento fue el establecimiento de un monopolio comercial sobre la isla impulsado por Dinamarca que desde 1602 hasta 1787 causó graves penalidades para los habitantes de la Tierra de Hielo, que vieron cómo a lo largo de tan prolongado periodo la extorsión se convirtió en la pauta común en sus campos, cuyos cultivos eran importados indiscriminadamente para beneficio de los comerciantes extranjeros y desidia de los locales, que apenas podían subsistir con la penosa economía que quedaba libera da a nivel nacional.
Por si esto fuera poco, el siglo XVII islandés también estuvo marcado por distintas agresiones de piratas que, procedentes de Gran Bretaña y España, arrasaron poblaciones enteras de la costa en violentas incursiones. En 1627 el colmo de la desesperación islandesa llegó de la mano de tratantes de esclavos argelinos que, tras tomar al asalto el archipiélago de Vestrnannaeyjar, se llevaron a un gran número de habitantes para ser vendidos de sirvientes.
Las penurias en la isla se manifestaron durante este oscurísimo tramo de la historia en forma de violentas erupciones volcánicas y plagas letales, a las que se sumaron varios inviernos durísimos que, en conjunto, consiguieron que la población insular perdiera 10.000 de sus miembros debido a las enfermedades, los cataclismos y el hambre. En mitad de todo este mare magnum de desgracias, Dinamarca formalizó la condición de colonia de la isla en 1639, con lo que quedaba definitivamente supeditada de modo oficial a los dictados de Copenhague.
El siglo XVIII continuó siendo funesto para la vieja Thule, repitiéndose los fenómenos vulcanológicos en 1727, 1755 y 1783, siendo en esta última fecha cuando se produjo una de las más grandes erupciones de la historia islandesa, protagonizada por el monte Laki, que permaneció durante diez largos meses escupiendo sin parar lava y fuego. Pero para aquel entonces, la devastación de Islandia, o más bien de sus habitantes, ya era terriblemente preocupante, puesto que más de la cuarta parte de la población local había perecido durante el primer decenio del siglo XVIII.
Con todo, en 1786 Reykjavík alcanza oficialmente el rango de ciudad y capital nacional casi ocho siglos después de su fundación. Sin embargo, el censo de quienes viven en aquel momento en la urbe arroja un total de apenas 200 vecinos. A las puertas del siglo XIX, Islandia es un país agotado, explotado políticamente y diezmado por las fuerzas de la naturaleza y las plagas mortales. No obstante, los escasos pero valientes isleños, lejos de arredrarse ante tamaña adversidad, pugnan por acabar con ella entablando un fulminante proceso que germinará en pocos decenios para sustentar las bases de la que sería la consecución de la independencia perdida largos siglos atrás.
El camino hacia la independencia
Desde los primeros años del siglo XIX, grupos de estudiantes islandeses que recibían formación cultural en Copenhague comenzaron a fraguar movimientos de oposición contra el gobierno danés, demandando sin demora la devolución de los derechos políticos a su nación sobre todo a raíz de la disolución impuesta del Al acaecida en 1800.
Las protestas se sucedieron durante las siguientes décadas, evidenciando al rey de Dinamarca que los islandeses parecían determinados a no perder la oportunidad de restaurar su identidad como país independiente durante un periodo marcado por un surgimiento inusitado del liberalismo en la Europa continental que dejaba entrever la inminencia de profundos cambios sociales y estatales en el viejo continente.
La presión popular islandesa consiguió que el Alping fuera nuevamente rehabilitado en 1845. Con el Parlamento de nuevo operativo, sus representantes elaboraron una petición de autonomía al gobierno danés para lograr su autogestión. Pero este ruego, oficializado en 1851, fue desestimado de inmediato. La negativa produjo una inesperada adhesión extranjera en favor de la causa islandesa, que a pesar de su aislamiento nórdico, comenzó a contabilizar numerosos simpatizantes y apoyos.
El camino hacia la Independencia empezaba a vislumbrarse con nitidez, sobre todo a partir de que el liderazgo del movimiento recayó en manos de Jón Sigurdsson, un erudito islandés que consiguió en 1855 liberar a su país del monopolio comercial que lo atenazaba desde 1602 convirtiéndose en un auténtico héroe nacional, al que se sigue honrando en el presente con la celebración de una tiesta oficial en su honor.
Se había avanzado
el primer paso hacia la libertad. No obstante, aún
quedaba un arduo sendero por recorrer, y la maltrecha economía insular
obligó a muchos islandeses a partir de 1870 a abandonar sus hogares y emigrar
al extranjero en busca de sustento y un mejor modo de vida.
1874 fue un año crucial para la política de Islandia, ya que coincidiendo
con la conmemoración del milenio de la Colonización de la isla por
Ingólfur Arnarson, se bosquejó una constitución que fue entregada
al rey danés cuando visitó Reykjavík con motivo de tales
fastos.
El monarca, como era de esperar, desestimó el documento y las pretensiones del Alping; pero se sancionó una importante modificación dentro de la legislación vigente por la cual Islandia, desde ese momento, podría ocuparse de todos aquellos asuntos que no fueran de estado que ocurrieran en su territorio. Esta simple liberalización del centralismo impuesto por Dinamarca fue el pistoletazo de salida para posteriores enmiendas, encaminadas todas ellas a promulgar la absoluta independencia.
Apenas iniciado el siglo XX, en 1904, los islandeses por fin consiguieron el ansiado permiso para establecer su propio autogobierno. Desde ese momento, el Parlamento inició una serie de importantes reformas sociales, entre las que destacaron la legislación de una edad mínima para recibir educación obligatoria, la fundación de la Universidad de Islandia y el derecho de voto de las mujeres.
También a este periodo pertenece la
famosa prohibición del consumo de alcohol que mantuvo al país sumido
en una auténtica sequía de destilados de cualquier índole
hasta 1935.
Pero antes, en 1918, la vapuleada Tierra de hielo consiguió su total soberanía
sobre sus propios asuntos nacionales mediante la firma del Acta de la
Unión,
por el que Dinamarca reconocía a Islandia como un estado independiente,
pero todavía integrado en el marco de influencia de su reino, por lo que
el gobierno danés continuaba siendo el responsable de los asuntos de defensa
y política exterior en que pudiese involucrarse el Alping.
Nuevas mejoras comenzaron a sucederse en la isla a partir de la promulgación del Acta, como el Servicio Estatal de Telecomunicaciones y la instauración de la Seguridad Social para todos los islandeses en 1936.
El último paso para la consecución de la completa independencia fue propiciado por el estallido en Europa de la Segunda Guerra Mundial. En 1940 Alemania ocupó Dinamarca, sometiendo el reino a la autoridad del Tercer Reich. El Alping aprovechó la imposibilidad del gobierno danés para velar por sus intereses más allá de sus fronteras para proclamar su autonomía definitiva el 17 de mayo de 1941, que sería respalda convenientemente por la presencia de tropas estadounidenses en las inmediaciones de Reykjavík, hasta donde habían sido transportados para defender la isla ante la eventualidad de que el ejército alemán intentase ocuparla.
Por fin, el 17 de junio 1944, tras casi siete siglos de continuada subyugación a Dinamarca, la Asamblea Nacional islandesa proclamó oficialmente su independencia enPingvellir, el histórico lugar donde se fundara el Alping en el año 930. La tenebrosa y larga Era de la Adversidad podía darse por terminada.
Islandia en la actualidad
Tras la proclamación de la República de Islandia, y sin la presión de las batallas políticas mantenidas desde mediados del siglo XIX para conseguir la independencia, el Alping puso todo su empeño desde el término de la Segunda Guerra Mundial en convertir al recién formado país en una nación moderna acorde con los modelos de vida de la Europa continental.
Pero lo que los islandeses no suponían es que tras su liberación del autoritarismo danés, un nuevo frente totalitario se cernía sobre la isla en forma de bases permanentes del ejército norte americano que, tras su llegada a las inmediaciones de Reykjavík en 1941, y ya sin excusa al haber sido derrotado el Reich alemán, trataba de afianzar sus acantonamientos militares mediante el alquiler del terreno ocupado por sus equipos bélicos, pretensión que fue desestimada de inmediato por la Asamblea Nacional, cuyo único interés tras siglos de ocupación extranjera era recuperar la identidad y cultura nacional establecida más de mil años atrás con la llegada de los primeros inmigrantes vikingos, por lo que no era posible ni tan siquiera cuestionar que cualquier otra nación ajena volviera a asentarse en Islandia ahora que por fin disfrutaba de su bien ganada independencia.
En 1946 la nueva república islandesa fue admitida como miembro de derecho en las Naciones Unidas. Tres años más tarde, ingresaba en la OTAN como miembro fundador. Este último hecho sumió a la población local en una auténtica conmoción, pues los Estados Unidos, que seguían manteniendo sus efectivos bélicos en la isla, conseguían de este modo un permiso extraoficial para continuar utilizando el aeropuerto de Keflavik (al suroeste de la capital), algo que no habían dejado de hacer desde el final de la guerra mundial con la excusa de que el aeródromo sirviera tan sólo de puente para los cargueros y aviones cisterna que realizaban la ruta entre Europa y América. -
La causa real de que esto sucediera debe buscarse en la inocente credulidad que el Alping otorgó al gobierno norteamericano cuando éste, tras sucesivos retrasos en el supuesto desmantelamiento de sus bases, terminó por pedir autorización para mantener su operatividad prometiendo que si Islandia entraba a formar parte de la OTAN, estas nunca estarían ocupadas por contingentes en tanto no se repitiera un periodo de guerras. Huelga decir que con conflictos o sin ellos, los norteamericanos no sólo mantuvieron sus bases intactas, sino que ampliaron su calidad táctica y de hecho, en el presente continúan manteniendo su actividad.
Otro tipo de actividades, en este caso volcánicas y sísmicas, han seguido golpeando Islandia pero sin la rotundidad ni los desastrosos efectos del pasado. Así, en 1963, la isla de Surtsey surgió inesperadamente del océano debido a una violenta explosión submarina que como resultado, agregó un territorio insular más al archipiélago de Vestmannaeyjar.
Precisamente en la capital del mismo, Heimaey, un cono volcánico se levantó en cuestión de horas casi en el mismo centro de la ciudad en 1973, obligando a que todos sus habitantes fueran evacuados a Islandia continental.
Con todo, las dos erupciones más espectaculares en años recientes han tenido como protagonistas a los montes Hekla (1991 y 2000) y Grimsvötn (1996), cuyo flujo de lava y material piroclástico fundió miles de toneladas del hielo glaciar que lo cubría, originando una curiosa actividad turística aprovechada por compañías de vuelos charter que ofrecían a sus clientes la excitante experiencia de sobrevolar la boca de fuego del volcán. Sin embargo y por fortuna, ninguno de estos cataclismos ha originado pérdidas humanas ni materiales comparables a las del pasado.
Hoy Islandia es una nación moderna que goza de uno de los niveles de vida más elevados del mundo y cuya población cuenta con el privilegio de una alfabetización total yuna formación cultural envidiable, no sólo a nivel académico, sino también en lo que concierne a la defensa de sus valores nacionales.
Orgullosos de su pasado independiente y vikingo, y sabedores de que los colonos originarios que desembarcaron en Reykjavík durante el siglo IX huían de un régimen totalitario con la esperanza de fundar una nación igualitaria y permisiva, mantienen a rajatabla un sentido de autodefensa exacerbado en todo lo concerniente a la protección de su historia, tradiciones y costumbres.
Por eso Islandia sintió un profundo alivio cuando la URSS se desmoronó en 1990, ya que de este modo la potencial amenaza de un ataque ruso a las bases norteamericanas casi permanentes se desvaneció de inmediato, al tiempo que se abría otra oportunidad para tratar de librarse de los americanos ahora que ya carecen de argumento para justificar su estancia continuada en la Tierra de hielo. No obstante, será difícil que opten por marcharse a corto plazo.
Por lo demás, la Islandia del siglo XXI se ha convertido en una próspera nación marcada por la ecuanimidad, la democracia más absoluta y la exaltación de los derechos civiles, al margen de su profusa defensa del medio ambiente y sus magníficos entornos naturales.
De hecho, solo dos cuestiones enturbian la apacible tranquilidad que suele palparse en Islandia: la regulación de la caza de ballenas, actividad tradicional en la isla y siempre sujeta a controversias por sus catastróficos efectos ecológicos; y la guerra del bacalao, mantenida sobre todo contra Gran Bretaña debido a la pretensión islandesa de ampliar cada vez más sus aguas jurisdiccionales para acaparar los mejores caladeros donde medra ese codiciado pez.
En otro orden de cosas, Islandia también está sufriendo la crisis económica europea materializada en sucesivas devaluaciones de la moneda, aumento de la inflación y consiguiente subida de los precios, por lo general siempre elevados en el país debido al gran número de productos importados que se consumen habitualmente.