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Estudio de los ecosistemas de El Golfo de El Hierro.
Flora y vegetación herreña
Lázaro Sánchez-Pinto Pérez-Andreu.
Clima
El Hierro, como el resto de las islas Canarias, se encuentra en la ruta de dos grandes sistemas climáticos del Atlántico Norte: la corriente marina fría de Canarias y los vientos alisios procedentes del NE. Las costas herreñas se mantienen relativamente frescas a lo largo de todo el año gracias a la temperatura del mar, que es mucho más baja de la que le correspondería por su latitud.
Los alisios llegan frescos y cargados de humedad, forman el mar de nubes al chocar con la fachada norte, cruzan las cumbres (altura máxima: 1520 msm), y resbalan por la vertiente meridional (efecto Foehm). Por esta razón, en algunas zonas, el fayal-brezal se sitúa por encima del pinar, ya que las regiones altas son más húmedas que las inmediatamente inferiores.
Las más frescas y húmedas se encuentran en los altos del valle de El Golfo y se extienden por la cumbre hasta Valverde. Desde allí y en dirección hacia el faro de Orchilla, el clima cambia bruscamente, haciéndose mucho más xérico ya que este sector de la isla no recibe la influencia de los alisios.
Un dato curioso sirve para ilustrar lo anterior: la precipitación media anual en Valverde (altitud: 540 msm) es de 490 mm, mientras que en el aeropuerto de los Cangrejos (altitud: 34 msm), que se encuentra a escasos kilómetros de la capital, se reduce a 58 mm.
Flora
A pesar de ser una isla muy joven (< 1 m.a.) y de pequeña superficie ( 270 km en El Hierro crecen unas 610 especies vasculares (helechos y plantas con flores), de las cuales 113 se consideran endémicas de Canarias y 17 son exclusivas de la isla. Muchas de las plantas endémicas de El Hierro están formadas por poblaciones pequeñas o se encuentran en zonas susceptibles de ser alteradas.
Este es el caso de tres especies de magarza (Argyranthemum audactum ssp. erythrocarpon, A. hierrense y A. sventenii), un codeso (Adenocarpus ombriosus), la faya herreña (Myrica rivas-martinezii), un cabezón (Cheirolophus duranii), una cerraja (Sonchus gandogeri) o una chahorra (Sideritis ferrensis), todas ellas en inminente peligro de extinción.
Vegetación
En el piso basal, como en el resto de las islas, se desarrolla un tipo de vegetación arbustiva, el cardonal-tabaibal, caracterizado por especies con adaptaciones para soportar largos periodos de sequía: tallos suculentos o espinosos, hojas pequeñas o carnosas, pérdida de las mismas en épocas secas, raíces largas, etc.
Los sabinares se distribuyen a lo largo de cotas algo superiores. De especial interés es el Sabinar de la Dehesa, con magníficos ejemplares viejos de sabina.
La laurisilva herreña se reduce actualmente a una estrecha franja situada en las laderas de El Golfo, aunque antaño ocupó una superficie mayor: «hay bosques grandes como selvas, y son verdes todo el año» (Le Canarien, crónica normanda). Por encima se distribuye el fayal-brezal, muy rico en plantas epífitas, sobre todo musgos y líquenes.
El pinar herreño ocupa la mayor superficie arbolada de la isla, sobre todo por la vertiente sur y parte de la cumbre. Destacan los enormes pinos centenarios, ya ensalzados por normandos, los primeros europeos que colonizaron la isla a principios del siglo XV: «hay más de 100.000 pinos, la mayor parte de los cuales son tan altos y gruesos que dos hombres no bastan para abrazarlos...»
Aparte de estas formaciones vegetales, son de sumo interés las comunidades rupícolas (sobre paredones, laderas de barranco, riscos, etc.), así como la vegetación halófita (adaptada a la maresía) de Arenas Blancas, en el extremo occidental de El Golfo.
Laurisilva de El Hierro
Hasta bien entrado el siglo XIX, la isla de El Hierro estaba cubierta en su mayor parte por frondosos bosques. En Le Canarien, la crónica francesa de principios del siglo XV, se describe como «un país alto y bastante llano, lleno de grandes bosques de pinos, y de laureles que producen moras (bayas) tan gruesas y largas que maravilla. Y hay otros muchos árboles que producen frutos de diferentes condiciones».
Dos siglos más tarde, el fraile José Abreu y Galindo resaltaba la abundancia de árboles en el interior de la isla, en contraste con la esterilidad de la costa, «una legua desde el mar hacia el interíor es árida, de risco y pedregales, pero andada esa legua, es tierra llana, poblada de mucha arboleda, como son pinos, brezos, sabinas, palos blancos, laureles, adernos, barbusanos, aceviños, mocanes y algunas palmas».
A mediados del siglo XVIII, aún se conservaban grandes zonas boscosas, como reflejó el comerciante inglés George Glas, «abunda en árboles y arbustos, en particular, pinos, sabinas, laureles, barbusanos, mocanes, hayas, escobones (con los que los españoles hacen escobas), y pocas palmeras, pero aquí no crecen dragos».
Un siglo más tarde, sin embargo, el monteverde que cubría los llanos de Nizdafe y el sector oriental de la isla, había desaparecido casi por completo, y su lugar había sido ocupado por cultivos agrícolas, árboles frutales y pastos. Sólo en las agrestes laderas de la región de El Golfo quedaban algunos restos significativos, difíciles de explotar por su inaccesibilidad. Al catedrático Benito Carballo Wangüemer, que visitó la isla hacia 1860, el descenso por Jinamar le causó una gran impresión: «parece mentira que por estos desfiladeros se haya abierto el hombre un camino para descender.... se atraviesa un bosque de brezos, fayas y mocanes, cuyo follaje no nos permite medir el inmenso vacío sobre el que nos hallamos suspendido»
En apenas medio siglo, El Hierro había sufrido una enorme deforestación como consecuencia de la abolición, en 1812, de los derechos feudales. La propiedad de los montes pasó entonces a los municipios, que no dudaron en sacarles el mayor rendimiento posible en beneficio propio y de sus vecinos. Se autorizaron talas masivas y se permitió que el ganado invadiera los bosques, lo que provocó la transformación ó desaparición de, al menos, dos tercios de la superficie que ocupaba el monteverde.
En la actualidad, el monteverde se extiende por la vertiente norte de la isla, entre las cotas 600 y 900, desde Jinamar hasta Bascos, a lo largo de una franja de unos 15 km de longitud y 1-3 km de ancho, así como por algunas zonas del noreste (Mocanal, Afoba, etc.).
Desde el punto de vista de su composición florística, destaca la ausencia de algunas especies arbóreas como la hija (Prunus lusitanica ssp. hixa), el tejo (Erica scoparia ssp. platycodon) o el naranjero salvaje (Ilex perado ssp. platyphylla), mientras que otras son muy escasas, como el madroño (Arbutus canariensis), el barbusano (Apollonias barbujana) o el aderno (Heberdenia excelsa). Sin embargo, los mocanes (Visnea mocanera) son muy abundantes, encontrándose en esta isla los ejemplares más hermosos de la Macaronesia. Asimismo, en El Hierro se descubrió por primera vez la faya herreña (Myrica rivas-martinezi,), un curioso árbol emparentado con la faya común (Myrica faya) que, posteriormente, también se encontró en La Palma y La Gomera.