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Estudio de los ecosistemas de El Golfo de El Hierro.
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El
15 de septiembre de 1883 llega a Santa Cruz de Tenerife, tras ocho días
de travesía marítima desde Inglaterra, la viajera y escritora inglesa
Olivia Stone, acompañada de su marido, John Harris Stone. Su propósito
es viajar a lo largo de las siete Islas
Canarias, empresa que no había realizado ningún extranjero antes,
y contar toda su odisea y sus observaciones en un libro, que finalmente se editará en
dos volúmenes en 1887: ”Tenerife y sus seis satélites”.
La obra de Stone ocupa un lugar excepcional en la extensa literatura de viajes
sobre el Archipiélago por su amenidad narrativa, por el encanto de la prosa
de Stone, por la incesante curiosidad de su autora por todos los aspectos de la
cultura y la realidad social de las Canarias de finales del siglo XIX, por la
ingente cantidad de información y observación que acumula. Una viajera,
dedicada a la metódica anotación de la realidad. En este extracto
del volumen I se han seleccionado los capítulos XI y XII que Olivia Stone
dedica a El Hierro.
…Regresando a la fonda, Don Salvador nos mostró un cráneo
guanche y el almuerzo.
No estaba claro si se suponía que el primero era un aperitivo del segundo.
El almuerzo estuvo bien. El menú consistía en caldo de papas, carne,
perdiz blanca, judías verdes hervidas y servidas con aceite y vinagre,
papas fritas, una especie de pescado, tortitas con salsa dulce y fruta, servidos
en este orden.
Teníamos una carta de presentación para un señor del otro lado de la isla que dejamos con Don Salvador, que prometió enviarla en cuanto divisase nuestro navío regresando de El Hierro, para que así nos enviasen caballos, ya que eran difíciles de conseguir en San Sebastián. Completamente confiados, le dijimos lo que queríamos y nos aseguró que atendería nuestros deseos, Todavía queda por ver el farsante que resultó ser Don Salvador.
Mientras tanto comimos un poco de pan y leche para cenar, alrededor de las diez, y nos llamaron para volver a subir a borda sobre la 1 a.m. Don Salvador nos acompañó hasta la playa, donde llevaron a cabo el mismo proceso que cuando desembarcarnos, transportándonos en volandas hasta el bote y luego remando hasta la goleta. La naturaleza ha sido más benévola con La Gomera que con Madeira en cuanto a un lugar donde desembarcar y sin embargo, nadie conoce San Sebastián y Funchal está demasiado lleno de ingleses.
Nos retiramos a nuestra litera, por llamarlo de alguna manera, y colocamos nuestras mantas sobre las tablas, para suavizarlas un poco enrollando nuestros abrigos como almohadas. Corno éramos pasajeros de primera clase, disfrutábamos de la compañía del capitán y del resto de los marineros, además de algunos jóvenes que venían de estudiar en Tenerife. ¡Una mujer y un niño, de segunda clase supongo, viajaron en la bodega! Ella y yo éramos las únicas mujeres a bordo.
Aparentemente el niño se estaba muriendo de tuberculosis, pero lo habían enviado a El Hierro para que probase un manantial de aguas medicinales que había en esa isla y que se suponía era eficaz para cualquier enfermedad.
El Hierro • Valverde • Sabinosa
XI
Entre la luz y la oscuridad
Esa isla se extiende en aire de plata
Y repentinamente mi mágica barca
Viró, avanzó veloz y allí encalló
Y junto a mi se erguía el guardián
De aquellos que en la isla habitan;
Sonriente ató mi mano
Con juncos verdes y cintas rosadas,
No tienen ataduras más rudas que éstas,
La gente de las agradables tierras
Enmarcadas por la espuma de los frescos mares,
Andrew Lang
El cenador languidece exuberante de flores,
[el árbol se
inclina cargado de fruta,
Islas del Edén meridionales enclavadas en esferas
[mar morado oscuro.
Horacio
Martes 25 de septiembre.
Por fin vamos rumbo a El Hierro, a terra incogníta para el resto de los habitantes del archipiélago. Que nosotros sepamos, ninguna persona de habla inglesa ha estado en esta isla desde la época de Colón. Ni siquiera Glas, cuyas descripciones de las otras islas continúan siendo aún las más exactas, visitó esta isla en persona, de modo que no podernos aprovecharnos de su experiencia. Se sabe poco sobre La Gomera pero de El Hierro se sabe menos. Tenemos, por ello, cierta sensación de ser descubridores y exploradores mientras nos acercamos a la isla más occidental del archipiélago canario.
Cuando logramos subir a cubierta a las 6:30 a.m., descubrimos que estábamos frente a Los Órganos, un punto en el extremo norte de la isla de La Gomera. Hay algunas pequeñas islas rocosas entre esta punta y la de Bejira.
Por primera vez desde nuestra llegada al archipiélago el cielo estaba más o menos cubierto con nubes de aspecto lluvioso. Sabíamos, sin embargo, que en septiembre no habría lluvia, Estábamos navegando, con una buena brisa cerca de la costa, así que teníamos una buena panorámica de los altos acantilados que forman la línea de costa. No parece existir en todo el acantilado ni el más mínimo punto donde pudiera encontrar apoyo el píe de un hombre. Las cimas están envueltas en nubes de blanco algodón, con una pincelada oscura aquí y allá como contraste.
La Punta de Bejira es una punta salvaje, de aspecto agreste, que sobresale de la isla y que termina en un acantilado sobre el mar Los estratos de sus riscos pardos bajan verticalmente, cruzados ocasionalmente por franjas blancas en ángulo recto y con algunas zonas rojizas que le dan variedad al color. La superficie está llena de vetas y surcos, Dos pequeñas rocas angulosas surgen de la punta destacándose contra el cielo y recordando, desde lejos, a un par de hombres que dominasen la goleta y observaran su avance.
Cuando comenzamos a navegar hacia el oeste, alejándonos de la costa de La Gomera, tuvimos una vista magnífica hacia el suroeste, de los interminables promontorios, salvajes y agrestes, de perfiles serrados que destacaban contra el cielo nublado las mismas rocas tenían un aspecto negro y amenazador. Las únicas señales de vida en mar, isla o cielo, aparte de nosotros mismos, eran dos gaviotas que volaban cerca del borde de los acantilados. Dos marineros sacaron unas sepias pequeñas, o calamares, y los prepararon. Nos habían dicho que lo hacían pero había que verlo para creerlo, ni nuestro mismo informante creía que fuese verdad.
Hasta el mediodía sopló una brisa que nos hizo avanzar agradablemente. Había un balanceo constante, producido por el oleaje del Atlántico, pero no había mar gruesa. El viento, sin embargo, amainó pero, aunque divisamos una masa informe de nubes que se suponía era El Hierro a la 1 p.m., hasta las cinco no llegamos a dicha isla. Un grupo de delfines y las aves que acompañaban sus piruetas nos entretuvieron durante lo que se estaba ahora convirtiendo en un viaje bastante tedioso. Tuvimos una discusión divertida con el patrón. Descubrimos que estaba navegando hacia el oeste de La Gomera, por lo que preguntamos el motivo.
Dijo que era porque El Hierro estaba al oeste; nosotros afirmarnos que El Hierro estaba al suroeste. El patrón sacudió su cabeza compadeciéndose de nuestra ignorancia y terquedad. No tenían brújula bordo y los marineros simplemente navegaban hacia occidente, más o menos, hasta que se divisaba El Hierro y entonces de dirigían en línea recta hacia ella.
El resultado de este proceder fue que primero nos desplazamos demasiado al norte de El Hierro y divisamos los Roques de Salmor, que parecen un enorme barco con todas las velas desplegadas, y, a su derecha y más allá, la Punta de la Dehesa.
El lugar más sobresaliente, a la izquierda, era la Calera, una punta baja al este de la isla, Se comprenderá inmediatamente que, si podíamos divisar todos estos lugares, nuestro rumbo tuvo que haber sido casi directamente hacia el oeste después de pasar Bejira en La Gomera, como dijeron los marineros, y que, tan pronto como divisamos tierra, cambió hasta dirigirse casi directamente hacia el sur, Aquel oleaje no era nada agradable en una goleta tan pequeña y me alegré enormemente cuando, a las cinco, nos propusieron desembarcar en El Río.
Este lugar es una hondonada o barranco profundo que penetra tierra adentro, protegido por rocas a ambos lados. Cerca de la boca del barranco hay una barra y corno la marca estaba baja, no podíamos penetrar en la pequeña bahía. El nombre sugiere, por su puesto, la de de algún río; en la actualidad no hay la menor señal de ninguno aunque, sin duda, puede que baje por él algún torrente durante el invierno. Nuestro barco maniobró hasta colocarse junto a una roca por la parte abierta de la barra pero, debido al oleaje, no pudo acercarse mucho a ésta.
Dos hombres saltaron a tierra y, con su ayuda, saltamos también nosotros, llegando junto con todo nuestro equipaje y sin un chapuzón. Trepando y saltando por encima de las rocas, alcanzamos la costa Allí, en una zona protegida, hay algunas casetas y botes de pesca Montes, cubiertos de lava negra, las dominan por doquier. Por supuesto no había caballo alguno así que, dejando nuestro equipaje al cuidado de Lorenzo, partimos con el patrón, caminando, hacia Valverde.
En el lugar donde desembarcarnos crecía abundantemente un arbusto que los isleños llamaban carcosa o vinagrera (Rumex lunaria), aunque no parecían estar muy seguros de su nombre, Es un arbusto de forma redondeada con hojas duras y glabras, cuyos solitarios matorrales miden varios pies de alto. Diseminados por toda la ladera, le daban un aspecto peculiar al paisaje. El ganado lo come y parecen gustarle, sobre todo, sus hojas. Un sendero sinuoso subía a la izquierda por una colina cubierta de picón.
La subida fue dura, sobre todo porque no habíamos comido desde por la mañana, Nuestro desayuno de entonces fue pescado, batatas y una mezcla aceitosa que hacía las veces de salsa, El hambre es un buen condimento, de modo que logramos que nos supiese a gloria, incluyendo la salsa. Cuando alcanzarnos los 650 pies de altitud, descansamos durante algunos minutos y después continuamos el viaje Otro descanso a los 1.150 pies, y a los 1,600 pies dimos con el sendero directo a Valverde, que se encuentra en la zona alta de la isla.
Hay que acercarse a El Hierro de forma bastante diferente que a las otras islas. Toda su costa es acantilada, Hay poco litoral llano y, el que hay, está rodeado de acantilados. Por esta razón los pueblos o aldeas se encuentran sobre una meseta en el centro de la isla. Valverde, la ciudad principal —un escaso grupo de casas que más merece el nombre de pueblo— está a cuatro millas y media del puerto y a un par de millas de El Río; la subida en ambos casos es abrupta.
El patrón intentó convencernos de que pasásemos la noche en una casa que nos recomendó. Sin embargo, el sacerdote de El Hierro nos bahía ofrecido amablemente su casa y su hospitalidad cuando lo conocimos en La Laguna, a donde había ido a consultar a un médico ya que no había ninguno en su isla. Caminando por la pequeña y limpia ciudad ya entrada la tarde, los habitantes nos miraban con mucha curiosidad, ya que no estaban acostumbrados a ver extraños.
Le preguntaban constantemente al patrón si éramos franceses ya que los últimos visitantes de la isla habían sido franceses y nunca habían visto ingleses antes. Llegamos a la casa del sacerdote a las 6:45 p.m encontrándonos con que no había regresado de Tenerife y que su ama de llaves ignoraba completamente todo lo referente a nosotros o a la prometida hospitalidad del padre. No hace falta decir que en EL Hierro no hay fonda de ninguna clase, así que no podíamos simplemente darnos la vuelta y alojarnos en cualquier otra parte.
La buena mujer lo sabia tan bien como nosotros por lo que nos invitó a pasar ofreciéndose a darnos lo que pudiese Mientras tanto habían conseguido un caballo y lo habían enviado a por nuestro equipaje. Mientras esperábamos su llegada nos ofreció la cena, tal y como fue posible con tan escaso aviso. Un joven sacerdote, que el reverendo Andreas de Candelaria había dejado al cargo de la parroquia vino a cenar con nosotros y nos dio alguna información sobre la mejor manera de recorrer la isla a caballo.
Lorenzo llegó poco después con el equipaje y conseguimos caballos para el día siguiente. Creo que nos alojaron en el dormitorio del sacerdote, un cuarto muy cómodo a pesar de que la cama media, por su puesto, sólo tres pies de ancho. Daba a la sala. Las paredes tenían más de dos pies de grosor por lo que el fresco estaba garantizado. Como en la mayoría de las casas españolas no había nada con que lavarse en el dormitorio.
Lorenzo le hizo saber sin embargo. que nos gustaría una palangana con agua en el cuarto. Es una costumbre muy extendida que haya un cuarto para asearse y que todo el mundo usa para dicho propósito. No es una costumbre, sin embargo, que resulte atrayente para los ingleses, a quienes nos gusta terminar con el aseo antes de comenzar el día. Por otra parte, los españoles se visten primero o, más bien, se ponen la ropa sin preocuparse demasiado y alrededor del mediodía, o más tarde, se asean cuidadosamente.
Hay otras naciones, sin embargo, que se comportan de la misma forma y creo que es uno de los mayores defectos de nuestros primos norteamericanos, quienes rara vez están presentables antes de la tarde. El trabajo sucio o las necesarias tareas de la casa no son excusa para que una mujer se permita estar desarreglada o sucia, algo, ¡por desgracia! que be observado con frecuencia.