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Paisajes de agua. Una antigua historia

Cipriano Marín y Alberto Luengo

“Las salinas constituyen uno de los parajes mas singulares y bellos que el hombre ha creado al borde del mar. La arquitectura del agua y la sal es capaz de ofrecernos una enorme variedad de sugerentes paisajes, donde se despliega toda la exquisitez y sabiduría de una cultura milenaria. El cultivo de la sal combina los cuatro elementos fundamentales de la antigua alquimia: el agua de mar que riega las salinas, la tierra representada por el barro necesario para mantener impermeables las láminas de agua, el fuego del sol que hace cristalizar la sal y los vientos suaves y cálidos que favorecen la evaporación. Por ello, Aristóteles consideraba a la sal como el quinto elemento, suma y compendio de todos los demás. Las labores de recolección de la sal marina guardan una estrecha relación con el mundo agrícola, con la diferencia de que requieren el mimo y cuidado de la jardinería en su sentido mas clásico. Jardines en los que el ingenio isleño ha logrado producir una de las obras salineras mas peculiares del mundo, sustituyendo con la imaginación aquello que la naturaleza les negaba”

Folleto «Salinas canarias» (Gobierno de Canarias, 1993)

Bajo una brillante luna mediterránea, las salinas parecían lejanas, distantes y suaves. La quietud de la planicie indicaba los mejores años de la vida, el sonido del mar solo era quebrado por el aleteo presuroso de una última bandada de pájaros. Es lo que sentía Amílcar, el creador de imperios, el hombre que fue capaz de doblegar al altivo romano y domesticar al belicoso rey de los nubios, el mismo que lloraba por vez primera.

Los bárbaros habían ocupado la planicie. ningún acceso era viable, los contrafuertes de los barca no soportaban la carga de la sal, símbolo de un poder milenario y tributo preciado a la diosa de la fecundidad. Fue entonces cuando Amílcar Barca supo que Cartago era ya parte de la Historia.Muchos siglos mas tarde, el destino de la sal cambiaba su signo histórico convirtiéndose en símbolo de libertad.

Con la Revolución francesa, la Asamblea Constituyente acabe con el poder que emanaba de la sal al abolir uno de los impuestos mas antiguos de la humanidad, la gabela, vocablo maldito que en sus distintas versiones latina, hebrea o sajona siempre significa tributo. Su blancura ha estado siempre presente en el origen de las civilizaciones. Una materia misteriosa, ansiada con tal vehemencia que los alquimistas llegaron a considerarla como el quinto elemento, la oculta llave que unía el cosmos con nuestras vidas. Hasta entonces había sido un regalo divino. Para Aristóteles era (tierra quemada), un compendio de los cuatro elementos: la tierra, el agua, el fuego y el viento.

La historia de la sal se confunde con la historia de las grandes civilizaciones: sumerios, babilonios, egipcios, chinos, culturas del valle del Indo, antiguos habitantes de las riberas del Mar Muerto, del África negra y de la América precolombina; todos la adoraron y maldijeron. Símbolo de deseos irrefrenables, castigo divino como el infringido a la mujer de Lot, la sal abrió tantas rutas en el mundo antiguo como lo hiciera la seda y el escaño. Caminos que atravesaron continentes enteros y comunicaron distantes culturas.

Las fabulosas minas de Toudini aprovisionaron durante siglos el comercio de Tombuctú, donde un esclavo negro valía el equivalente a una placa de sal capaz de sustentar sus pies. Convertida en moneda, era la fuente del esplendor de Teghaza, la mítica ciudad de la sal en el relato de Ibn Batuta, donde nos cuenta extasiado que tanta era la riqueza que hasta la mezquita estaba hecha con bloques de sal.

En China se regulaba su comercio con un tributo que se remonta a dos milenios antes de nuestra era. Hace unos 2.500 años, el impuesto sobre la sal representaba mas de la mitad de los ingresos del emperador y, tal era su importancia, que algunos autores (Bloch) sostienen que la Gran Muralla fue construida coma línea de aduanas para controlar su entrada al Imperio Celeste. Para Huan k'uan (86 a 81 a.C.), la sal y el hierro son los dos únicos artículos universalmente necesarios para el imperio. Dos mil años más tarde, continua siendo un valor tan profundamente arraigado que, en 1913, el impuesto de la sal se toma como garantía al préstamo de reorganización que las potencias extranjeras impusieron a China.

Mil años antes de nuestra era, los pueblos centroeuropeos iniciaban la laboriosa búsqueda de los yacimientos de sal gema. Las antiguas minas austriacas son un ejemplo de esta singular aventura asociada a una compleja y remota minería subterránea de la sal. En Sicilia y Cardona yacimientos a cielo abierto, tan importantes como los que han descubierto las investigaciones arqueológicas en Marruecos y Egipto.

En la antigua Roma, la Vía Salaria unía inicialmente las salinas de Ostia con la urbe y, con el tiempo, llegó a los confines del Imperio. Nuestra concepción del salario deriva del Salarium Indemnid, parte del pago a los soldados de Roma. Plinio y Estrabón describen con profusión la enorme cantidad de fuentes y asentamientos salineros que se extendían desde Siria por toda la cuenca mediterránea.

A lo largo de la Historia asistimos a un proceso en el que los impuestos de la sal se convierten en una fuente de recursos básicos para los diferentes estados nacionales. El interés de los distintos gobiernos por controlar este recurso tiene su máximo exponente en la Francia del siglo XVII, en la que un tercio de los condenados a galeras lo eran por violación de la gabela (contrabando de sal). La Corona de Castilla no quedó al margen de la geoestrategia salinera y en 1348 declara sus derechos reales sobre la sal, consolidados definitivamente en forma de “regalia”.en los tiempos de Alfonso X.

Mientras tanto, en las Islas los antiguos canarios se abastecían en numerosos cocederos y charcos naturales de los que se tiene constancia por una extensa toponimia. Tras la Conquista, los cocederos naturales eran en su mayoría de propiedad señorial y el derecho de uso correspondió al vecindario. Los consejos responsables del “común” debían vigilar el estricto acceso y disfrute de una propiedad de utilidad publica. En 1525, la Corona otorga a F. Jimenez de Alvornoz el monopolio sobre la producción y comercialización de la sal. En 1605, una real orden instaba a la Audiencia de Canarias a la realización de un informe que incorporaría las salinas existentes al monopolio de la Real Hacienda. Tal iniciativa no pareció tener mucho éxito, pero si que supuso el punto de partida de la reglamentación salinera.

A partir de entonces se produce el primer gran desarrollo de los diversos ingenios salineros de las Islas. A finales del siglo XVIII se deniegan nuevas solicitudes, bajo el pretexto de que la creciente producción de sal canaria y su posible destino americano podrían afectar a dos de los baluartes del monopolio real español, La Mata y la Bahía de Cádiz. A esta época corresponde el gran auge salinero de Gran Canaria, que mantuvo durante doscientos años una clara hegemonía en el Archipiélago.

La segunda gran eclosión salinera en las Islas se produce entre 1910 y 1930, especialmente en Lanzarote y de la mano de una floreciente industria conservera. Son los tiempos en que Janubio alcanza el media millón de metros cuadrados de superficie, constituyendo uno de los ingenios salineros de mayor interés mundial. Una vez mas, el hecho insular condicionó el que cada Isla tuviera una versión propia de la historia y la cultura de la sal.

Esta época de florecimiento local coincide con un cambio en la estrategia mundial de este producto. El vertiginoso desarrollo de los transportes permite romper la dependencia geográfica o estacional de la sal. Hace su aparición la industria química y florece la industria conservera y de salazones. Francia cede su primacía en la exportación de sal marina en favor de España. Durante un siglo, las salinas del suroeste español vivirán su máximo esplendor. Asistimos a la consolidación de una auténtica cultura salinera cuyas raíces se nutren de los legados fenicios, romanos y musulmanes.

Tras la segunda guerra mundial aparece la moderna conservación por frío, se pierden los mercados del Norte de la industria de la salazón y cambian las técnicas de producción en favor de las salmueras de sondeo y en detrimento del cultivo marina. Sin embargo, este producto universal ha demostrado tener una pervivencia casi mágica. Desde el Neolítico a la época de la química se ha adaptado misteriosamente a las crecientes necesidades de los hombres. En el mundo de los ordenadores, la sal vuelve a extender delicadamente sus tentáculos a un sinfín de nuevas aplicaciones, recuperando algunas de sus más antiguas virtudes.