curso: El Jardín Viera y Clavijo y la Cueva Pintada como recursos didácticos en la enseñanza secundaria y bachillerato

Homenaje a Sventenius Jardín Canario Viera y Clavijo

¿Una obra predestinada?

E n 1943 llega a Tenerife Don Enrique Sventenius, tiene 33 años y ocupa el cargo de colaborador del Instituto de Investigaciones Agronómicas agregado al Jardín de Aclimatación de la Orotava; a esta edad da por finalizada su educación académica que se ha desarrollado por toda Europa. Desde 1927, que ingresa en la Escuela de Agricultura, Horticultura y Floricultura del Estado, en el Condado de Adelsnaes, (Suecia); hasta que en 1940 pasa una estancia de3 años en el Monasterio de Montserrat, donde aprende latín.

Este hombre había estudiado taxonomía y fisiología vegetal con el Dr. W. von Roedor en Alemania hacia 1930, geobotánico en Lugano en 1931, genética e hibridación con el profesor A. Frie a la vez que asiste a clase de sistemática botánica en la Universidad de S. Carlos, Praga, 1936.
Aparte de esta formación estrictamente académica, ha trabajado en distintos lugares de Europa con plantas suculentas y ha formado parte del equipo de varios jardines botánicos; no ha perdido oportunidad para recorrer el Norte de África y algunas islas del Mediterráneo como recolector.

Este hombre; de una sólida formación humanista habla alemán, catalán, español, francés, inglés, latín y sueco; de alguna forma se aísla de los acontecimientos de su época, pues no se encuentra en los escenarios donde ocurre la trágica guerra, había sido capaz de conservar una estética, una forma de concebir las relaciones entre los hombres, una independencia ideológica y vital que difícilmente encajaba en una sociedad recién salida de una guerra civil que estaba herida de miedo y odio en todos sus estamentos; una sociedad militarizada, empobrecida material y culturalmente es la matriz donde este hombre ha elegido servir.

En este medio adverso, su tesón probado, sus amplios recursos humanos y científicos, su magnetismo personal se abren camino a través de los individuos más sensibles; fortaleciéndose a cada caída en la majestuosa naturaleza de las islas.

En 1944, un año después de su llegada, el Instituto Francés del África Negra radicado en Dakar, solícita la colaboración del Jardín de Aclimatación de la Orotava para la creación de una estación de Flora Atlántica. D. Enrique Sventenius ve la posibilidad de concretar su obra vital en el desarrollo de esta idea en las Islas Canarias; manda informes al Gobierno Central, empieza a promocionar la idea en aquellos círculos donde podía prosperar; científicos de mente clara, políticos nuevos y ambiciosos, amistades nacionales e internacionales todo es tocado paso a paso.

Mientras tanto recorre las Islas, descubre nuevas plantas, hace nuevos amigos que abriéndole las puertas de la cerrada sociedad canaria le permiten profundizar con su fino olfato de cultivado espectador las grandezas y miserias de la sociedad de su tiempo. Aprende a timonear a los individuos con los que más tarde habrá de trabajar, jardineros, hombres de campo, burócratas, políticos, burgueses y aristócratas; a la vez aprende cuál es su lugar exacto. Observa y disfruta la vegetación de las islas que luego recreará en el jardín de sus desvelos.

En 1947 una comisión del Instituto de Investigaciones Agronómicas se desplaza a las islas y da el visto bueno para la creación de un Jardín Canario. Este importante evento desencadena una segunda fase del proyecto, la consecución de los fondos que hagan realidad la idea de un Jardín Canario.

Tenerife es el lugar donde quiere Sventeriius que se realice la obra, pero ante el titubeo de unos organismos que no se deciden a financiar los gastos de una obra que por su naturaleza iba a ser costosa a largo plazo y de poca brillantez inmediata, es el Cabildo de Gran Canaria, cabeza de una burguesía más centralizada y agresiva que en Tenerife, quien decide ponerse en contacto con Sventenius; don Matías Vega Guerra es el Presidente del Cabildo, había conocido a Sventenius y estaba en antecedentes de las dificultades con las que se encontraba en Tenerife para realizar su proyecto, don Jaime O’Shanahan y Bravo de Laguna es el encargado de ponerse en contacto y traerlo a Gran Canaria.

Se producen los contactos y como era natural se acepta el trabajo; se buscan los terrenos, se compran. Sventenius sigue trabajando en el Jardín de Aclimatación de la Orotava, va y viene a Tenerife semanalmente, cobra 500 pesetas al mes; tiene 42 años en 1952.

A partir de esta fecha hasta 1965 una etapa de actividad desaforada hará posible el Jardín Canario. Recolecta plantas en el campo, describe nuevas especies, trae personalmente los especimenes más valiosos que se encuentran colgados en los riscos-santuarios, diseña el trazado de los caminos, dependencias, fuentes y plazas; escoge las piedras que formarán la obra visualizada en su mente; afina las caídas de agua, ayuda a resolver detalles sobre la marcha.

Solitario, afronta sin rechistar los inconvenientes que una burocracia crecida en sus atribuciones opone a su paso, recibos de autobuses, facturas de hoteles, todo pormenorizado, trabas y más trabas, exigencias de un sector político que difícilmente entendía, en la época, la trascendencia de lo que estaban ayudando a crecer.

La década de los 60 es nefasta para este hombre, por las dificultades que encontró con los políticos locales del momento. En 1965 Sventenius rompe con el Cabildo de Gran Canaria y se queda en la Orotava. Su mente, ilusiones y esperanzas están en Tafira, se comunica periódicamente con Las Palmas para saber la marcha del Jardín, que sin cabeza titubea; se hacen obras por necesidades políticas de justificar una actividad; se rompe con la unidad estética anterior.

El hombre según cuentan sus amigos queda tocado física y sobre todo psíquicamente.
Por otro lado es la época de máximo esplendor de su figura, que es prestigiada en el mundo científico por sus profundos conocimientos de la Flora Macaronésica. Conoce y mantiene relaciones con grandes figuras de la ciencia, pertenece a múltiples sociedades internacionales y es el centro de las actividades botánicas en las Islas.

En 1970 con don Juan Pulido Castro como presidente del Cabildo, se normalizan las relaciones y Sventenius es nombrado Director del Jardín Botánico “Viera y Clavijo”; negándose a reconocer la paternidad de la obra hecha en su ausencia. Hasta 1973 en que muere trágicamente, se dedica a inventa riar y ordenar el material que estaba plantado en el Jardín.

La obra: Algunos datos para su interpretación.

La idea angular del Jardín Canario es la de recrear la vegetación canaria, tal como se muestra en la naturaleza. Para lo cual se necesita un profundo conocimiento de las necesidades de cada elemento; insolación, suelo, humedad; sintetizados por una desarrollada intuición. En algunos casos se recrean paisajes que hoy son imposibles encontrar vírgenes en las islas, y para los cuales se necesita un conocimiento de la historia evolutiva de estas comunidades.

El aspecto estético de este Jardín apoyado en la idea anterior ofrece soluciones apasionantes, por lo pegadas al terreno que resultan. Los caminos y vistas trazados no rompen las formas naturales de aquél, la línea recta apenas existe, sólo la suave curva acariciando los rincones se desliza por unas formaciones que a fuerza de ocultar, magnifican.

Los accidentes del terreno son salvados sin brusquedad adaptándose al plan general, enfrentando al visitante con los tesoros geológicos o botánicos más preciados; creando espacios donde la figura del hombre es la dimensión, su paso y su altura son las medidas de este jardín al que los pájaros y los animales han bendecido con su presencia, ayudando a crear como en ningún otro sitio la sensación de un jardín edénico.

Otro aspecto novedoso desde el punto de vista de la jardinería es la utilización del sustrato vertical; las laderas son utilizadas para colocar gran parte de una vegetación que crece en condiciones naturales sobre riscos. Aquí podemos observar el virtuosismo del autor al aprovechar grietas, rincones, repisas, claro oscuro para encontrar en los límites de un jardín las variadísimas condiciones ecológicas que encontramos en las Islas.

Aquí, con la dificultad que supone la dominación total de la orografía sobre el trazado de los accesos; todo se salva con sencillez y atrevida elegancia. Ahora, por último, sólo anotar que un jardín es una obra viva que se mueve con las estaciones, generando un ambiente a través de sus olores, sonidos y colores difícil de plasmar en el papel. La vibración vital positiva que da regaladamente la vegetación, sólo es posible apreciarla por la inmersión volutiva en ella.

D. Wo/fredo Wildpret de la Torre:

Sventenius fue un hombre solitario, poco común, extraordinario e insigne. Quizás a su manera religioso, pero su rasgo más destacado fue su terrible capacidad de soledad. Luchó por sus ideales con la verdad por delante como lo hacen los hombres que estiman su independencia.

Su lucha le trajo como consecuencia grandes amigos y mayores enemigos. Los pocos amigos fueron sin embargo buenos. Tenía de la amistad un concepto casi sagrado. Conocía como pocos la región, sus gentes sus problemas y los santuarios de la cultura vernácula.

Era respetado internacionalmente y fue a lo largo del tiempo visitado por los muchos botánicos y naturalistas que nos visitan casi anónimamente a lo largo del año. Pocas veces he tropezado con independencia tan absoluta y con una obstinación tan recalcitrante.

D. Eduardo Westerdah:

Toda la vida estaremos en deuda con este hombre que tenía la sencillez del sabio pero también la íntima soberbia de una individualidad desplazada que no supimos apreciar en la intensidad debida. Sus virtudes, o sus trabajos, es cosa que ahora nadie puede negar.

Era un hombre de difícil acceso, solitario, misógino. Le conocí en la casa del Dr. Celestino González Padrón y luego frecuenté su pequeño estudio en el Jardín Botánico. La relación afectiva se desenvolvía con sus gatos. Creyera o no la gente, Sventenius se remitía al trato y a la cariñosa atención con estos animales que, en el fondo, tenían sus propias características de huraña independencia.

En la intimidad era un conversador magnífico... Su vida bastante extraña, fue una vida de dedicación ejemplar: Fue uno de esos hombres que pueden formar el gran friso de un pueblo, en este caso elegido. Había encontrado, al fin, en Gran Canaria personas que comprendieron su trabajo y le deja ron en libertad de operar.

Murió tempranamente y de manera absurda. Pero creo que sus últimos años le dieron una cumplida satisfacción, cierto halo de felicidad, junto a la flora por la que abandonara las nieves de su país natal. Fue el fiel, el consecuente amante de nuestra naturaleza.

D. Juan Rodríguez Doreste:

Siempre que visito el Jardín Canario, como tributo obligado e ineludible, conduzco a mis acompañantes al umbroso y melancólico rincón donde’ reposan los restos del gran botánico.

También siempre les explico cómo la sabiduría, el entusiasmo, la previsión del hombre que allí yace, fundiendo sus huesos con las raíces de aquellos árboles, sus hijos adoptivos, supieron descubrir, disponer y organizar a aquel anchuroso ribazo barranquero para convertirlo en el bello hogar donde se acogen, se cuidan y se conservan las especies más representativas, de mayor rareza y en mayor peligro de extinción, de la flora endémica canaria.

Cada vez también evoco con particular relieve la recia, alta y rubia figura del sabio sueco que en tantas ocasiones encontrado al azar en un recodo del jardín o salido a mi encuentro desde su laboratorio, me enseñara sus tesoros, explicándonos con su rigor metódico que no ocultaba su pulso de pasión, los hermosos proyectos que abrigaba sobre el futuro del excepcional jardín.

Un jardín, mejor un verdadero parque, que es único en su género, que constituye el más preciado inventar de nuestra flora, y que añade a su inestimable valor científico e! encanto singular de su belleza, de su armónica disposición, de su acertada y pintoresca traza.

Publicado en la revista Aguayro Nº 124 en junio de 1980