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La Fuente Santa

 Juan Carlos Díaz Lor

Desde los tiempos prehispánicos, los primitivos pobladores de La Palma conocían la existencia de un naciente en el extremo sur de la Isla. Ignoramos si sabían de las propiedades curativas del agua o si formaba parte de su mitología, aunque era lo suficientemente importante y lo llamaban “tagragito”. Algo tenía que lo hacía diferente al resto de los nacientes que existen en la isla: agua fluyendo en la costa, al pie de un acantilado y a más de 42 grados centígrados de temperatura.

Desde 1493, año en el que los españoles se asentaron en la Isla, debieron advertir pronto la existencia del manantial de aguas termales y conocieron sus cualidades, de modo que se la conoció con el nombre de Fuente Santa. El eco de sus prodigiosas curaciones se extendió por Europa y América, gracias al protagonismo de Canarias como último pilar del puente imaginario que une ambos continentes.

Entre los visitantes ilustres de la Fuente Santa figura Pedro de Mendoza, que había sido nombrado por el emperador Carlos V, en 1534, adelantado del Río de la Plata y Capitán General de la Armada con una expedición de 14 buques en los que embarcaron 2.500 españoles y 150 alemanes para la conquista de las tierras del Sur.

El futuro fundador de la ciudad de Buenos Aires contaba entonces 34 años y estaba aquejado de sífilis, una enfermedad terrible, pese a lo cual dio la orden de zarpar hacia lo desconocido, el primero de septiembre del citado año.

La flota se dirigió para su avituallamiento en Canarias. Sin embargo, tres de los 14 buques, entre ellos en el que iba el adelantado, abandonaron la Armada poco antes de llegar a las islas y se dirigieron directamente a La Palma, donde permanecieron durante cuatro semanas.

La razón de la estancia de Pedro de Mendoza en la Isla no era el avituallamiento de sus naves, puesto que lo hizo más tarde en Cabo Verde; por lo que parece claro que la verdadera razón de su arribada estaba directamente relacionada con la enfermedad que le acosaba y lo había hecho atraído por la fama de la Fuente Santa, donde el adelantado quiso probar la terapia curativa de sus aguas termales.

Algunos autores sostienen que todo el viaje se promovió bajo la certeza de que el naciente milagroso le devolvería la salud perdida para conquistar las tierras de Uruguay, Argentina y Paraguay. Sin embargo, la muerte le acechaba y falleció el 23 de junio de 1537, a bordo de su propio barco, cuando regresaba en demanda de La Palma para beber de nuevo las aguas de la Fuente Santa.

Durante casi doscientos años, entre los siglos XVI y XVII, los españoles dieron a conocer la existencia del naciente. La Palma comenzó a adquirir la fama de milagrosas curaciones de enfermedades de la piel, sobre todo las venéreas y la lepra, azotes de la humanidad de entonces. Dos personajes contemporáneos, fray Abreu Galindo y el ingeniero cremonés Leonardo Torriani, conocieron personalmente la Fuente Santa.

Fuencaliente, tierra de vinos y de volcanes, debe su nombre a este naciente de aguas termales y propiedades curativas donada por la Naturaleza a la tierra palmera. Sin embargo, la naturaleza volcánica y dadivosa, que mantenía el caudal caliente de sus aguas milagrosas, terminó por sepultarla y ocultarla en las entrañas de su territorio.

En noviembre de 1677 comenzó la tierra a temblar y el día 10 amaneció saliendo humo por una grieta que se formó en el pago de San Antonio. A los pocos días un enorme volcán se elevaba por encima de esos terrenos que se llamó San Antonio. La erupción continuó de forma intermitente hasta comienzos del año siguiente.

En todo ese tiempo varias coladas se derramaron por la superficie cayendo por el acantilado y vertiendo sus materiales incandescentes en la costa. La Fuente Santa permaneció a salvo hasta casi el final de la erupción, cuando, en uno de sus últimos estertores, un brazo de lava se canalizó por las escotaduras del acantilado a cuyo pie brotaba el naciente, anegando una pequeña ansa abierta hacia el sur donde se encontraba el manantial.

La isla entera, acostumbrada a las erupciones, se vio en esta ocasión sacudida por la desesperación. El volcán había sepultado el naciente milagroso. Resignados ante lo irremediable, los fuencalenteros, generación tras generación, hicieron honor a su espíritu emprendedor y siempre mantuvieron el mismo anhelo: había que recuperar la Fuente Santa.

Después de la erupción, el emplazamiento exacto, sin embargo, no se conocía con precisión. Las referencias que se poseen, analizando los documentos históricos, parten de fray Abreu Galindo, cuyo testimonio data del último cuarto del siglo XVI y resulta ciertamente valioso:
“La parte más estéril de aguas que esta isla de La Palma tiene es la que cae a la banda del sur; porque, si no es alguna fuente de muy poca agua, no hay otra y, aún de esa, no se puede aprovechar todas las veces, porque una fuente que nace a la orilla del mar no se puede aprovechar de ella, si no es de bajamar, porque cuando crece la cubre; y sale tan caliente, que puesta una lapa del mar en el nacimiento del agua, se despide de la concha. Y salir tan caliente lo causa el minero de azufre por donde pasa el agua. Los naturales antiguos llamaban este término, en su lenguaje "tagragito", que es "agua caliente", donde se podría hacer un tanque cubierto donde se curaran muchas y diversas enfermedades, bañándose con él; pero como no se atiende a la salud del cuerpo en los tiempos presentes, sino la de la bolsa, aprovecha poco dar aviso. Este término lo llaman los cristianos Fuencaliente” .

El licenciado Juan Pinto de Guisla, visitador eclesiástico, al extender acta de la visita que hizo a la ermita de San Antonio el 24 de agosto de 1680 –dos años y nueve meses después de la erupción-, escribe de su puño y letra que “… cerca de esta ermita, en la costa del mar, está la Fuente Santa, que por lo cálido de sus aguas dio nombre al distrito de Fuencaliente y por lo medicinal para varias enfermedades, el nombre de Santa. Concurrían a ello todos los veranos muchos enfermos, no sólo de esta isla sino de las demás, a beber agua y gozar de sus baños, de cuya concurrencia lograba la Ermita conveniencia por las limosnas que apuntaban los mayordomos, y los vecinos de aquel término de vender sus frutas y crianzas con que estaban razonablemente reparados” .

En el citado archivo parroquial de la iglesia de San Blas se encuentran algunas partidas de defunción de enfermos españoles y extranjeros que fallecieron en La Palma, después de que acudieran desesperados a la curación de las aguas de la Fuente Santa.

Diez años después de la erupción de 1677, los vecinos de Fuencaliente hicieron “una regular excavación” en el sitio donde se encontraba la fuente, “pero sin medios para seguir los trabajos los abandonaron dejando dicha señal por si pudieran proseguirlos sus descendientes”.

La fuente estaba en las proximidades de la Punta de Malpique –o de Malpici- y “se aseguraba que en las bajas mareas se veía correr agua tibia” y agrega que “puede ser cierto”, porque el obispo Dávila y Cárdenas, que visitó La Palma en julio de 1733 –es decir, 56 años después de la erupción del volcán-, dice que “en tiempos de su visita se descubrió el agua de la Fuente Santa que había años se había perdido” y al escribir sobre Los Llanos, manifiesta que “el Ve. P. Ignacio de Acevedo y sus 39 compañeros fueron apresados y martirizados hacia la Fuente Santa, que es la misma que se apareció en tiempos de mi visita” .

Un escrito de Juan de Paz, cura párroco de Breña Alta, fechado en 1788, abunda en la calidad de las aguas de la Fuente Santa, "que eran propisimas" y agrega que "dicha agua manaba al pie de un elevado risco de tosca color plomizo y de tan blanda naturaleza que con el regatón de una lanza en muy poco tiempo se hacía una pileta con su asiento para tomar los baños" y que siendo joven fue con ocho peones a tratar de descubrir el emplazamiento por encargo del almojarife Pedro Policarpo Franco de Brito "y no trabajaron sino cuatro días, sin conseguir su objeto". Y añade que “las aguas eran tan termales que echándole lapas, al momento las desconchaba” .
A comienzos del siglo XIX se intentó de nuevo.

El sacerdote palmero Manuel Díaz –cuya estatua preside la Plaza de España de la capital palmera desde el 18 de abril de 1897- estuvo en abril de 1801 en el sitio donde manaba el manantial, levantó un croquis y trató de obtener del Gobierno recursos para descubrirla, “pero su patriótico y humanitario esfuerzo no obtuvo respaldo, seguramente por el deplorable estado á que había llegado la Nación española en tiempos de Carlos IV” .

En agosto de 1837, apenas seis meses después de su constitución, la primera corporación municipal de Fuencaliente, presidida por el alcalde, Antonio Hernández Rodríguez, se mostraba interesada en el asunto y propuso “remover los escombros y destruir la capa de lava volcánica que cubre la Fuente Santa de este lugar hasta que se descubran las aguas, disponiendo los cortes puramente indispensables” .

El 30 de abril de 1838, la Diputación Provincial de Canarias, a petición del médico palmero y diputado Juan Pérez, acordó considerar de interés público el descubrimiento de la Fuente Santa. En esa misma fecha, la citada Diputación remitió un escrito al Ayuntamiento de Fuencaliente, copia del enviado al Ayuntamiento de Mazo, a modo de severa advertencia al segundo, como consecuencia de unas “maniobras dilatorias” para ejecutar los trabajos de búsqueda y rescate de la Fuente Santa.

A comienzos del siglo XX surgieron nuevos intentos para localizar la Fuente Santa. El Ayuntamiento de Fuencaliente –alcalde, Antonio de Paz Armas-, nombró a una comisión que acudió a la costa el 12 de junio de 1904 “para verificar exploraciones en la ribera del mar por si era cierta la tradición de que después del volcán de 1677 se vio salir por la cueva del Malpique el agua mineral de la obstruida Fuente Santa, no le fue posible continuar los trabajos por haberse agrietado amenazando desplomarse parte del risco que da al mar en aquel sitio y ser peligroso el seguir trabajando; disponiendo que cuando haya fondos se traiga una persona inteligente que emita dictamen para proseguir dichos trabajos” .

En 1923, la Cámara Agrícola de Fuencaliente, presidida por Luciano Hernández Armas y el alcalde del municipio, Pablo Pérez Díaz, instruyeron expediente para obtener una subvención del Estado que permitiera el alumbramiento y análisis de dichas aguas, "que de poseer las virtudes medicinales que tenían, darían renombre é importancia calculable no solamente á este pueblo sino á toda la Isla, que sería un centro obligado de turismo de los que padezcan enfermedades venéreas y reumáticas que son las más extendidas en el mundo" .

El geólogo Lucas Fernández Navarro, que visitó el sitio donde estuvo la Fuente el 13 de agosto de 1925, por encargo del Ayuntamiento de Fuencaliente, observó que "de deducirse desde luego la posibilidad de encontrar la perdida fuente, en que tantas esperanzas tienen los naturales del país, si se lograra conocer con exactitud su emplazamiento (…) parece que la antigua costa formaba una cala o ansa abierta hacia el sur, cuyos cantiles aún pueden verse, formados por lechos de viejas lavas superpuestas” .

Paralizado dicho expediente en la Dirección General de Minas del Ministerio de Fomento, la comisión palmera que fue a Madrid a gestionar del Gobierno la resolución de asuntos importantes para la Isla, compuesta por José López y Martín Romero, Alonso Pérez Díaz y José E. Cabrera Martín, consiguieron que una comisión oficial formada por los ingenieros Juan Gavala y Enrique Goded viniesen a Fuencaliente y visitasen el lugar donde estuvo la citada Fuente Santa y practicasen los estudios necesarios para formar el proyecto de presupuesto de las obras de alumbramiento, lo que se produjo el 4 de octubre de 1927.

En febrero de 1943, el ingeniero Juan A. Kindelán elaboró un extenso informe de corte técnico sobre los trabajos a realizar para reencontrar la Fuente Santa, por un importe de 152.290,65 pesetas, que no pasó del papel. Se concretaba en 200 metros de sondeo con profundidad máxima de 30 metros, 20 metros lineales de pozo, 250 metros de galería de fondo del pozo y 830 metros de camino de tres metros de ancho en escoria basáltica. Una copia del informe citado existe en los archivos municipales.

En enero de 1996, el alcalde de Fuencaliente, Pedro Nolasco Pérez, solicitó la asesoría de los técnicos de la Dirección General de Aguas de la Consejería de Obras Públicas para tratar de encontrar la Fuente Santa. El presupuesto de investigación, asumido por el Gobierno de Canarias y por una empresa privada, apenas alcanzó para hacer cinco sondeos que llegasen hasta cinco metros por debajo del nivel freático, siendo perforados por personal especializado de la citada Consejería.

Con la idea de aprovechar al máximo el reducido número de sondeos autorizados, el equipo técnico, dirigido por el ingeniero Carlos Soler Liceras, estudió todos los documentos que hacían referencia a la Fuente Santa. Aunque puedan parecer unas acotaciones precisas, no lo son en absoluto. De una parte, los nombres se han olvidado o han cambiado; de otro, las coladas del volcán de Teneguía modificaron nuevamente la línea de la costa Oeste.

La superficie de esas coladas son malpaíses, de una agresividad tan sólo comparable con su belleza. Las máquinas de sondeo no podían ni debían entrar en esos malpaíses, por cuyo motivo se decidió que los cinco sondeos se ubicasen en la cuneta de la carretera, en dirección Norte-Sur y paralela al antiguo acantilado. Los sondeos dieron unas temperaturas entre 29º y 45º.

Además, con el ánimo de conocer las propiedades de las aguas termales, se encargó un análisis completo, tanto químico como bacteriológico y mineromedicinal al laboratorio Oliver Rodés, de Barcelona y cuya interpretación ha estado a cargo de la Cátedra de Hidrología Médica de la Facultad de Medicina de Madrid. La composición de las aguas y su temperatura las convierten en aguas medicinales con efectos sanitarios similares a los del balneario de La Toja, en Galicia, uno de los mejores de España y del mundo, aprovechado desde los tiempos de los romanos.

La ubicación de la Fuente Santa, su punto de afloramiento, está supeditada a que la galería de perforación alcance el antiguo acantilado que hoy está sepultado por las coladas de los volcanes de 1677 y 1971. La solución adoptada consiste en la perforación de una galería de 219 metros, en dos tramos: una alineación recta de 99 metros hasta llegar al antiguo acantilado y dos ramales de 60 metros, en dos tramos de direcciones opuestas y longitudes iguales que irán en contacto con la serie geológica anterior al volcán de 1677, donde se prevé se encuentren las aguas termales.

Cuando se encuentre el manantial, se abrirá un hueco con el fin de observar su comportamiento y apreciar la surgencia del agua en toda su magnitud. A partir de entonces, y con el proyecto de construcción de un balneario que llevará el nombre de Fuente Santa, Fuencaliente se convertirá en un referente de primer orden en el denominado turismo de salud.

Las prospecciones realizadas en los últimos tiempos para el descubrimiento de la Fuente Santa, gracias al impulso recibido desde la Consejería de Obras Públicas, Vivienda y Aguas del Gobierno de Canarias y el tesón del Ayuntamiento de Fuencaliente, han generado unas expectativas de futuro que proyectan sobre el municipio un nuevo aliciente que ha permanecido dormido durante algo más de tres siglos.

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