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Oro blanco sobre lavas negras

Las salinas de Fuencaliente fueron la última explotación salinera construida en Canarias

Jardines de sal. Muchos son los vestigios de la importancia que tuvo la explotación salinera en las costas de Canarias. En el Sur de La Palma una de estas explotaciones representa el epílogo de una forma de vida que, no hace mucho tiempo, daba sustento a miles de familias del Archipiélago.

El blanco de la sal de Fuencaliente contrasta con el negro de las lavas  vomitadas por la tierra a través de los volcanes de San Antonio y Teneguía. El azul profundo del mar palmero completa un cuadro digno de verse. Una excursión por la punta de ‘abajo’ de La Palma no puede dejar de pasar por las salinas de este lugar mágico.

 La Palma se incorporó tarde a la fiebre de la sal. Aunque están registradas varias peticiones de emprendedores de la isla durante el siglo XVIII, las autoridades de la isla no permitieron la instalación de grandes complejos de extracción y comercialización de sal marina hasta el siglo XIX.

Está claro que a lo largo de la costa de la isla bonita tuvieron que existir pequeñas explotaciones dedicadas al autoconsumo o a la comercialización a pequeña escala, pero, hay que esperar a la construcción de las salinas de Los Cancajos, ya en pleno ochocientos, para encontrar la primera gran salina en La Palma. Esta incorporación tardía también se tradujo en una pervivencia mayor que en otras islas de la construcción de salinas.

La última gran instalación que se construye en Canarias también va a encontrar acomodo en el solar palmero. En la década de los 60 del pasado siglo, la familia Hernández Villalba, natural de la Isla de Lanzarote, recibió los permisos pertinentes para montar las salinas de Fuencaliente. Los emprendedores conejeros iban a encontrarse con paisajes familiares y cercanos a los de su isla de origen.

Un extenso campo de lavas negras avanzan sobre la costa Sur de la isla desde los vecinos volcanes de San Antonio y Teneguía, éste último surgido después de la última erupción histórica registrada en el Archipiélago canario (1971). Las escorias volcánicas, de un color negro limpio, avanzan sobre el mar configurando un paisaje donde domina el malpaís. Como Lanzarote, pero trasladado a la más verde de las Canarias. 

Y no sólo es lanzaroteño el entorno. Las salinas de Fuencaliente también siguen el típico esquema de las explotaciones salineras de la isla de los volcanes. Se trata de una salina de fondo de barro (en otras islas suele ser de cal) y forrado de piedras. El barro ayuda a potenciar, con su capacidad de sellado, las excepcionales condiciones ambientales que hacen de las salinas del sur palmero una de las más productivas de las islas: Vientos leves, lluvias aún más escasas, un alto grado de insolación y todo un Atlántico por explotar.

El resultado de esta feliz combinación de coincidencias es una producción anual que se cifra entre las 500 y 600  toneladas métricas de sal al año merced a las siete hectáreas con las que cuentan las instalaciones.

Y casi sin apretar el acelerador. La sal marina palmera tiene que competir con sales refinadas importadas que juegan con la ventaja de precios más competitivos. Pero la preservación de uno de los patrimonios industriales más peculiares de  Canarias y las fantásticas propiedades naturales de una sal cargada de yodo y otras sustancias beneficiosas para la salud merece esos céntimos de más en la cuenta.

Ya hemos mencionado que la salina palmera es de las más modernas de Canarias. Eso se nota en su configuración. A diferencia de otras instalaciones de las islas, que cuentan con molinos de viento para elevar el agua hasta los ‘cocederos’ (grandes balsas de escasa profundidad donde empieza el proceso de  precipitación de la sal por evaporación), en Fuencaliente optaron por modernos motores.

El agua es atrapada desde el Océano y pasa a los cocederos situados en la parte alta de la explotación donde va evaporándose en charcones sucesivos hasta llegar a los tajos. Estos pequeños charquitos cuadrados son la salina propiamente dicha. Allí, el agua recibe los rayos del sol y se evapora dejando detrás la sal. Para ello, el salinero deberá, de manera paciente, ir removiendo la superficie del agua estancada con el ‘balache’ (especie de azadón romo de madera) para acelerar un proceso que suele durar entre seis y ocho días dependiendo de las condiciones climáticas.

El resultado del cuidado y buen hacer del jardinero de sal es una montañita de oro blanco que, hasta hace poco, era una de las fuentes de riqueza más importantes de las costas canarias. Estos tajos también son reflejo de los tiempos que marcaron la construcción de esta salina. Nada de muretes cerrados. En Fuencaliente, las paredes que separan los tajos presentan modernas formas en T que facilitan la saturación de la sal.

La importancia de este tipo de instalaciones trascienden de manera clara su función comercial. Las salinas de Fuencaliente son también un importante hito paisajístico y ejemplo claro de la simbiosis del hombre cuando actúa de manera respetuosa con el Medio Ambiente. También forman parte de un importante patrimonio etnológico y hasta natural. Las salinas son uno de los pocos humedales de Canarias y de esto se han aprovechado multitud de especies vegetales y animales.

Por todo este conjunto de circunstancias, estas salinas han sido declaradas sitios de interés científico y, en breve, se abrirá un centro de interpretación de las explotaciones salineras de Canarias.

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