curso: “Estudio geológico-botánico en Gran Canaria”

Café de Agaete

Yuri Millares

Historia

De un convento etíope a un valle de Gran Canaria

Todas las referencias al origen del café citan la historia de un pastor de Etiopía que, viendo a sus cabras extrañamente alteradas por la noche, saltando inquietas en vez de dormir, lo cuenta a los monjes de un convento cercano.

Éstos pensaron inmediatamente que debía tratarse de algo que comían los animales y en el lugar donde estaban siendo pastoreadas recogieron unos frutos de arbustos que habían sido ramoneados. Así fue como los monjes comprobaron, probando ellos mismos los efectos del fruto en infusión, que su ingestión les quitaba el sueño y adoptaron la costumbre de tomarlo para sus noches de vigilia y oración.

Ese arbusto era el cafeto y esto ocurría en torno al año 1140. Serían los árabes quienes después distribuyeron la planta por medio mundo desde sus primeras plantaciones en Yemen. Los holandeses iniciaron su cultivo en Java a finales del siglo XV, los franceses en Martinica a principios del XVI extendiéndolo después por sus otras colonias en Santo Domingo, Cayena y Guadalupe. En la segunda mitad de ese mismo siglo ya había llegado a Cuba y Brasil y en el XIX ya es un cultivo a gran escala, apreciado, exportado, adquirido y consumido.

Para conocer cuándo llega el cafeto a Canarias hay que indagar en los relatos de aquellos viajeros que llegaron al archipiélago y escribieron cuanto vieron y observaron. Todavía en 1764 no hay constancia de que la planta se cultive, ya que no es citada por el comerciante y marino escocés George Glas en su exhaustiva descripción de las Islas Canarias.

Los franceses, que ya lo habían extendido por el continente americano, lo citan en Tenerife en 1803 (Louis Gordier, ingeniero de Minas: “Con gran placer volvía a ver la palmera, el algodonero, el cactus, el cafeto y la platanera en medio de una vegetación frondosa y tupida que me resultaba prácticamente desconocida” y en Gran Canaria en 1851 (Philippe de Kerhallet, hidrógrafo y marino: “han hecho algunas tentativas de cultivo de caña de azúcar y cafetos).

Según José Antonio García Álamo, ex alcalde de Agaete e investigador sobre el cultivo del café en el valle que recibe el mismo nombre que el municipio, las primeras plantas que llegaron aquí debían proceder del Jardín Botánico de La Orotava (Tenerife). “El 17 de agosto de 1788 –escribe–, el rey Carlos III dictó una Real Orden por la que se encargaba a Don Alonso Nava Grimón, Marqués de Villanueva del Prado, que estableciera en Tenerife, en los terrenos que juzgara más adecuados, ‘uno o varios plantíos para sembrar y plantar semillas y plantas procedentes de América y Asia, ya que los ensayos hechos en los Reales Jardines de Aranjuez y Madrid no habían tenido el éxito deseado, debido a los rigores del invierno’. Con esta finalidad se creó el Jardín de Aclimatación de La Orotava y aquel mismo año de 1788 llegó a Tenerife la primera remesa de semillas y plantas exóticas en el navío correo San Bernardo. Es muy probable que entre esas plantas y semillas llegadas en el San Bernardo, se encontrasen las primeras plantas de café que llegaron a las islas”.

Basándose en ello, García Álamo sostiene que “las primeras plantas de café que se introdujeron en Agaete, durante el siglo XIX”, procedían de Tenerife, isla con la que Agaete sostenía una intensa comunicación comercial por mar hasta que se construyó la carretera desde Las Palmas. “El Jardín Botánico de La Orotava debió representar un papel fundamental en la difusión de nuevas plantas exóticas por las islas –añade–.

Así se desprende por lo expresado por Millares Torres” en su Historia general de las Islas Canarias y cita: “La existencia, pues, del jardín botánico es hoy una necesidad que se deja sentir en el archipiélago, no tanto como centro de una agrupación de vegetales, aclimatados en la provincia, sino como medio de adquirir a módico precio y sin ninguna dificultad los árboles, plantas y arbustos que para su distracción particular necesitan los isleños.”

Otros viajeros han hecho referencia a él en ese siglo XIX en que se implantó en el valle de Agaete “El café y el tabaco de Agaete pasan por ser los mejores de la isla”, escribió el antropólogo francés René Verneau) y hasta se asombraron de lo extendida que estaba entre la población isleña la bebida de su infusión (Olivia Stone, después de visitar los cafetales de Agaete se dirigió a La Aldea, donde visitó una finca en la que “aunque hay siete cabras y una vaca, no hay ni una gota de leche para beber y los dos niños, de tres y cinco años, beben vino y café como si fueran adultos”.

El británico Charles F. Baker, vendedor ambulante de biblias, no dejó de beber café a todas horas en su viaje por las islas. En Gran Canaria, se lo ponían desde el desayuno “café, pan y leche” a la cena fuera modesta, “gofio, papas y café”, o generosa, “huevos, bizcocho, café y arroz con leche”.

El 'cafetero' no quiere marismo ninguno"

Agricultores y trabajadores de las fincas del valle de Agaete conocen el cafeto “de toda la vida”. En El Vínculo hablan de su situación en orillas porque “asoca”, en La Laja recuerdan cómo se ‘molía’ café con los motores de los pozos y en Vuelta Roja destacan la ventaja de estar al poniente.

El café del valle de Agaete tiene algunas fincas emblemáticas en las que se siguen recogiendo sus cerezas, como llaman a las bayas que son su fruto, pese a que hace años dejó de ser un cultivo rentable. Entre ellas está El Vínculo, partida hoy entre diversos hijos herederos de un emigrante retornado que hizo su fortuna con la caña de azúcar en Cuba.

Uno de ellos es Alberto Gil Rodríguez. “Al estallar la guerra europea, en Cuba no había trabajo, ni había salida de caña y a mi padre le dieron por una cosa irrisoria extensiones de terreno y qué hizo: plantar caña y todos los canarios se iban ahí a trabajar con él por la comida. Acabó la guerra europea, subió el azúcar y juntó dinero para comprar la finca ésta y algo más”, relata.

Sitúa en 1920 la fecha del regreso de su padre, José, para hacerse cargo de la finca que compró estando aún en Cuba. “Había una sola cadena de plataneras y de café habría 30 matas”, continúa Alberto, que nació cinco años después y recuerda que su progenitor “puso peones” en la finca y “la viró toda al revés (esto era casi un solar) haciendo paredes y plantando”.

Casi toda la propiedad la plantó de plataneras, pero también amplió la presencia de cafetos según la práctica que los agricultores del Valle venían utilizando desde el siglo anterior: “Donde plantaba las plataneras, plantaba las orillas de cafeteros [cafetos] porque asoca, ataja el viento y da algo”.

Burros y veleros

Los plátanos los empaquetaba, dice, la Unión Agrícola de Las Palmas, pero para eso “había que llevar las piñas en bestias (burros) al Puerto de las Nieves y desde ahí en veleros a Las Palmas”.

¿Y el café? Eran los propios agricultores quienes lo secaban en las azoteas, lo desgranaban con un mazo sobre un tronco hueco y lo almacenaban para venderlo en pequeñas cantidades (o lo tostaban y molían para el propio consumo). “En aquel tiempo no había máquinas para desgranarlas, había que desgranarlo con el pisón”, dice Alberto Gil, y después “pasarlo por un tamiz (una zaranda), mondando y quitando cascarilla para un lado. “Se pone donde hay viento y el viento bota la cascarilla”.

El que no gastaban los propios vecinos del Valle, “iba para Las Palmas”, y cita como ejemplo que “había una cafetería detrás de [la calle] Buenos Aires, el bar Artenara, allí era. Antes había allí una cafetería que tenía el café de Agaete, que me acuerde yo”.

José Lugo García trabaja en la finca La Laja de su hermano Inocencio, en el barrio de San Pedro, una de las grandes productoras de naranjas del Valle que, según la práctica del lugar, también tiene cafetos en las orillas. Más joven que Alberto Gil, a sus 64 años José Lugo también atesora conocimientos y recuerdos. “Que yo me acuerde, en todas las labranzas había café, porque unos tenían poco, otros tenían mucho, pero el vecino le daba semilla al otro para que fuera plantando y así fue aumentando”.

Y el clima de este valle, un oasis con microclima tropical, ayudaba mucho. “El cafetero [cafeto] quiere invierno y le digo que había buenos inviernos, también calor pero no mucho, más bien sobre la sombra”, por eso aquí “se fue esparramando”.

La madre del café

“Este valle era todo de café, desde Los Berrazales hasta el Puerto de las Nieves. Pero llegando a la altura de la casa de don Agustín Manrique [de Lara], la Casa Rosada que le decimos, de la casa para abajo el café echaba menos porque ya se iba acercando mucho a la playa y el cafetero no quiere marismo ninguno. Y todo este valle era de café por todos sitios”.

Mejor y más productivo en el centro del valle, ni muy cerca del mar, como ya dijo, ni muy alto: “porque pasamos del [hotel] Guayarmina para arriba y ya no se da. No es sino el huequito éste del Valle, ha sido toda la vida la madre del café”.

Extendido el café y en plena producción en las grandes fincas del Valle, propiedad de adineradas familias, se pagaban salarios a muchos trabajadores. “A lo mejor en esta finca, que hoy es de Inocencio, había 30 ó 40 obreros entre mujeres y hombres. No había mucho mango [como ahora], pero sí naranjos, aguacates y plataneras, y el café, que estaba por todas las orillas y por todos los riegos, por los costados, porque era y es una mata muy bonita”.

Pozo que achica y muele

Cuando, más tarde, “pegaron a venir las máquinas para moler [descascarillar el café]” se sustituyó el mazo por estos nuevos artilugios que, incluso, se instalaban en la maquinaria de los pozos. “Mientras que estaba el pozo achicando agua, si iba a moler café tenía su tolva y un eje de transmisión dentro con picos que al trabajar partía la cascarilla”.

En la finca La Laja funciona una de esas vieja máquinas de descascarillar el café al que le han introducido unas modificaciones para mejorar su uso: un ventilador “que jala aire y, como tiene una zaranda debajo, expulsa la cascarilla para fuera y va saliendo el café limpio, que hay que darle tres o cuatro pasadas”.

Transcurridos unos años, el poco precio que se pagaba por el café convirtió su recolección en una tarea no rentable si había que pagar a peones. Entonces se puso en práctica el sistema de la medianería: el trabajador se quedaba con la mitad de la producción que cogía y la otra mitad era para el propietario de la finca. “Se cortaron muchas miles de matas porque no daba. Los amos tenían dinero y decían ‘como coja un par de sacos para mí, tengo’; y los pobres iban cuando se lo daban de medias y lo vendían o lo dejaban para el consumo de su casa. Los ricos antiguamente no vendían el café, lo querían para ellos y para sus amigos; el pobre sí lo vendía. Estábamos semanas y hasta meses cogiendo café, porque el café hay que saberlo coger”.

Finca al poniente

En la finca de la Vuelta Roja se encuentra la mayor plantación de cafetos que hay en estos momentos en el Valle. “Hay cerca de un millar”, dice Gregorio Sosa Dieppa, uno de los trabajadores que se encarga de su cuidado.

Se trata de una finca “al poniente, que es lo mejorcito para la agricultura”, asegura, en la que hay diversas clases de frutales y los citados cafetos, que Sosa poda, riega y abona lo necesario para tenerlos sanos y en producción. “Se podan bajito, un poco abiertos por dentro, con tres gajos a cinco centímetros del suelo, cuando están viejos y a los dos años se queda como otro cafetero [cafeto] nuevo. Se dejan esos gajos hasta la altura de una persona para que crezcan a los lados”. e este modo se puede recoger su fruto con comodidad.

“Al pie de una platanera es donde mejor se cría”, asegura, y recuerda que en la última zafra, concluida en julio, “en una cogida hice cinco kilos y medio de cerezas [bayas]”. Para obtener un kilo de café hacen falta cinco kilos de bayas. “Hay que cogerlas cuando estén conservadas, poniéndose moraditas, que es cuando tiene el sabor verdadero”, añade.

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